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Medalla de oro en botellones

Ya va siendo hora de que las autoridades hagan algo para salir de este mantra lamentable y penoso. ¡Tómenlo en serio, por favor!

SECUNDINO LLORENTE

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SECUNDINO LLORENTE

SECUNDINO LLORENTE

En este tema sí que somos especialistas, medalla de oro, los mejores del mundo. La costumbre de los jóvenes de reunirse en lugares públicos para consumir alcohol escuchando música y charlando, conocida como «botellón», es un fenómeno típicamente español sin parangón en el resto de Europa. El botellón apenas si se practica en el continente. En la práctica totalidad de los países europeos está prohibida la venta de bebidas alcohólicas a los menores de 16 años y en algunos, como Noruega y Suecia, está restringida a mayores de 18.

En la mayoría de los países europeos está permitido el consumo del alcohol en la calle, pero la costumbre del botellón no está extendida entre los jóvenes. No suele haber una legislación que lo prohíba, pero si hay denuncias de los vecinos por jaleo o ruidos, la policía tiene todo el derecho a intervenir.

Este «fenómeno o engendro» no es nuevo. Parece que la juventud española «ha descubierto América». Con el consumo de alcohol en botellones se creen más hombres (o mujeres) y lo consideran un rito iniciático a los secretos de la vida.  Da la impresión de que para demostrar que son más fuertes o valientes, los jóvenes necesitan haber pasado por alguna borrachera, cuanto más jóvenes mejor. Esto no es nada nuevo. Hace más de dos mil años Plauto decía que el vino barato corría a cántaros entre los jóvenes durante las fiestas en honor a Baco. Al menos no hacer el ridículo presumiendo de “modernidad”. No es nada nuevo, es verdad, pero cada vez esto va a más. 

He pasado toda mi vida entre estudiantes de 12 a 18 años en los institutos. He sido testigo en primera fila de la evolución de los botellones desde hace más de cuatro décadas. En los años 80 estaba en el equipo directivo de un instituto céntrico de Tarragona. Este centro dispone de un excelente patio interior al aire libre y bien amurallado. Aquí los alumnos de diecisiete años de tercero de BUP, el equivalente al primero de bachillerato actual, celebraban una fiesta en la que participaban más de mil jóvenes de toda la provincia.

El objetivo principal era sufragar íntegramente los gastos de su viaje de estudios a Italia, pero se convirtió en algo más, llegó a ser un modelo de convivencia juvenil. Lo organizaban los propios alumnos casi todos los viernes del segundo trimestre con la supervisión y ayuda de profesores y padres. Estoy seguro de que miles de tarraconenses de cuarenta a cincuenta años recuerdan y añoran aquellas fiestas estudiantiles. ¡Cuántos idilios y enamoramientos surgirían en aquel patio! Nada que ver con las aglomeraciones de jóvenes en botellones actuales. Hoy aquello sería inimaginable porque no se conciben esas reuniones sin alcohol, borracheras y hasta «intoxicaciones etílicas».

En los viajes de estudios con mis alumnos sólo tenía miedo a «que perdieran el control por culpa del alcohol y cometieran una locura». Tuve la suerte de que nunca ocurrió esto, pero viví muy cerca un terrible suceso. En el mes de abril de 2012 yo era el responsable de un centenar de alumnos leoneses de 17 años en el viaje a Italia. Estaban tan amenazados en el tema del alcohol que me parecía imposible que me la «jugasen» por la noche en el hotel, pero siempre desconfiaba. Coincidimos en los Foros de Roma con un instituto de Palencia. Conocía a los profesores. Estaban alojados en el centro de la ciudad, cerca del Vaticano.

Esa noche, a las dos de la mañana, mientras estos profesores dormían, los alumnos decidieron salir del hotel a una plaza cercana para «hacer un botellón». Algo muy normal en España, pero prohibido en Italia. A partir de aquí todo vino rodado: Los vecinos llamaron a los carabinieri. Las sirenas asustan a los muchachos que huyen despavoridos. Un estudiante de 18 años, con el hándicap de la noche y el alcohol, salta un muro de un metro pensando que al otro lado también habría un metro, pero había siete. A la mañana siguiente en el hospital Gemelli de Roma confirmaban su muerte. ¡Terrible! ¡Pobre familia! ¡Pobres profesores! Para toda su vida «tocados». Ellos dormían plácidamente con la seguridad de que sus alumnos hacían lo mismo. ¡Cuántas veces he intentado ponerme en su lugar! ¡Cuántas veces he maldecido los botellones!

En el siglo XXI se han ido consolidando estos botellones en España y va a ser muy difícil dar marcha atrás. Al final del estado de alarma, justamente cuando el 9 de mayo finalizaba el toque de queda, comenzaron las noches de botellón en playas, plazas y calles de Barcelona. Miles de personas, sobre todo jóvenes, dejaron de respetar de repente las distancias de seguridad, se olvidaron de las mascarillas antes de tiempo y consumieron ilegalmente alcohol en la vía pública. Sólo en mayo, la policía local interpuso 2.703 denuncias a personas que estaban consumiendo alcohol en la vía pública. Es cierto que el fenómeno del botellón no es nuevo en Barcelona, pero nunca se había visto tal concentración de personas reunidas en las calles de forma improvisada.

Comenta Alba Alfageme, psicóloga y profesora de la Universitat de Girona que «durante la pandemia ha habido una visión egocéntrica y nos hemos olvidado de las necesidades de los jóvenes. Recibieron un impacto muy elevado en su salud mental y perdieron la socialización. Al abrir las puertas, las administraciones no previeron que se iban a realizar botellones y encuentros masivos». Realmente ocurrió así. Los estudiantes pasaron el curso encerrados y formalitos.

Pienso que la sensación de paz y tranquilidad era engañosa y falsa. No pudieron tener ni un solo viaje de estudios que suelen ser la válvula de escape que sirve para eliminar las tensiones del curso. El mismo día que terminaron las actividades en los centros educativos, al finalizar los exámenes de selectividad, algunos alumnos se desbocaron y dieron rienda suelta a su energía juvenil y a sus deseos de libertad saliendo en avalancha a las playas y saltándose todas las normas sanitarias. 

Mallorca fue el punto álgido, pero yo he podido ver en Salou durante el mes de junio verdaderas riadas de jóvenes que desfilaban por las calles con su troley y en tropel de treinta o cuarenta chicos y chicas de diecisiete a dieciocho años, que invadían las terrazas de los bares y las playas, especialmente en botellones nocturnos con centenares de jóvenes semiborrachos dormidos en la playa. 

Sólo en mayo, la policía de BCN interpuso 2.703 denuncias a personas que estaban consumiendo alcohol en la vía pública

Las consecuencias han llenado las portadas de los telediarios. Sólo la «macrofiesta» de Mallorca se ha saldado con un millar de casos de Covid confirmados y miles de jóvenes confinados en toda España. «La quinta oleada de esta maldita pandemia se inició con los botellones posteriores a la selectividad». Y lo peor es que este escándalo crea adicción y ya estoy viendo a los alumnos de primero de bachillerato españoles soñando y planeando sus bacanales para el próximo mes de junio.

Es conveniente que no haya equivocaciones porque la mayoría de los estudiantes de segundo de bachillerato han superado la prueba de la pandemia con excelente nota en «cordura» y sólo han sido unos pocos los que han provocado los contagios, los insensatos de siempre. 

Es una vergüenza que nos cuelguen la medalla de líderes mundiales en esta lacra del botellón. Ya va siendo hora de que las autoridades hagan algo para salir de este mantra lamentable y penoso. ¡Tómenlo en serio, por favor!

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