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Medidas electoralistas

Cuando un gobierno se deshace en dádivas en el periodo preelectoral, suele cosechar la reacción contraria de la que espera
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En todas las democracias la acción gubernamental mantiene unas mismas pautas de conducta en relación al electorado a lo largo de la legislatura, es decir, durante el periodo que media entre dos elecciones consecutivas: al principio del mandato suelen adoptarse todas las decisiones impopulares, las que suscitan rechazos, las que no acrecientan el caudal de votos de quien las adopta. Por el contrario, en el periodo final de la legislatura se concentran las medidas más amables, las bajadas de impuestos, los aumentos de sueldo a los trabajadores públicos, los anuncios de planes de infraestructuras, las medidas de apoyo a determinados sectores... Hay mucha literatura política sobre estas secuencias, que son perfectamente lógicas y que, aunque puedan revelar cierto oportunismo de la clase política, forman parte de las reglas de juego y de los sistemas de contrapesos internos del sistema. Lo que sucede es que tales vaivenes son soportables por el electorado si se producen con cierta elegancia, con sentido del equilibrio, con la debida mesura. Pero cuando un gobierno, nervioso por sus malas expectativas electorales, se deshace en dádivas en el periodo preelectoral, exagera el gesto y tira la casa por la ventana consigue seguramente la reacción contraria de la que espera. La ciudadanía no confía en los que demuestran criterios volubles ni en quien la halaga a pocos meses de las elecciones tras haberle menospreciado durante tres años y medio.

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