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Navidad en Gaudíville

Gaudíville se ha transformado en un centro comercial donde se baila al son del euro
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El diccionario dice que el consumo es compra y uso de mercancías de cualquier tipo, necesarias o no.

Barcelona se ha hecho marca. Las tres sílabas de su nombre representan la vida ancha, la vida mediterránea, la vida de noche, espacio y sentimiento: Barcelona es una de las ciudades más visitadas del mundo. Tanto, que los propios ciudadanos de la ciudad se quejan y piden que se restrinja la avalancha de visitantes. En realidad no es la gente que los de Bar-Ce-Lona (nombre de una cadena de cafeterías en Alemania) quieren fuera, están artos de las tiendas, de que los ciudadanos mismos no saben donde ir a comprar porque todo es Zara, y Mango, Tiffany’s y Armani y todas las otras marcas del mundo comercial que se comen la ciudad condal y la transforman en un shopping center sin comparación en otros países. Barcelona no solo es la vida mediterránea, es sinónimo de consumismo. Gaudíville se ha transformado en un centro comercial donde se baila al son del euro.

Nunca hubo tanta gente que se inscribió con complacencia, convicción y un cierto descaro en el juego del consumismo. En Barcelona y en todo el mundo. Por esta razón todo el mundo está allí. Nunca una palabra y un concepto se ha puesto tanto como sentimiento general de un tiempo, de un Zeitgeist, casi una era entera, como el consumismo en sí. Por un lado, representa la base general del orden económico y con eso de la organización del primer mundo, mientras tanto, al otro lado, la palabra sirve como ataque severo, como carga a las normas del comportamiento de una generación, que son valoradas como inferior.

Aunque no es un fenómeno moderno, la gente siempre quería de todo y mucho más si fuera posible. Ya lo cantaba Madonna en su tiempo: More! Así no es un juego nuevo. Tampoco es limitado el juego a una generación específica. Generación, en este sentido, se limita a la gente de hoy, a ellos que viven en esto días de cólera.

El mercado busca aberturas. El mercado quiere crecer. El crecimiento es su credo, la expansión su liturgia. Así Barcelona no tiene esperanza, será totalmente transformado en tienda. Abiertamente el nuevo capitalismo hace exactamente esto que atacó durante la guerra fría el comunismo: La búsqueda del poder mundial. Los años ochenta eran la década de la avidez y, al mismo tiempo, de su justificación. Con la guerra fría terminada, o empezando por otros motivos (¿o serán los mismos, los viejos que nunca se desgastan?), con el antagonismo de los noventa ya superado, la máscara ha caído al suelo, otro conceptos son muy diferentes y la gente están desorientados, encontrando su felicidad en el consumo solo. No hay mas lucha. ¡Se han rendido! Sonriendo abiertamente contestan la pregunta: ¿Y cuál es su hobby? ¡Pues, mirar escaparates! ¡Shopping! sin ninguna forma de vergüenza. Mientras tanto, en otros partes de este primer mundo, donde empezó todo, en los Estados Unidos, ya se trata a los consumidores exigentes como drogadictos, como alcohólicos, como ‘trabajólicos’, mediante sociólogos, analistas, psicólogos en clínicas especializadas. Les dan un Prozac, para que se callen, para que dejen de gastar más de lo que puedan. Gastar sí, pero más: ¡No! El hiperciclo ya ha empezado, los consumistas, que no pueden controlar su hobby, su adicción, ya pasan más tiempo en las tiendas que en el proceso del encargo de los medios para pagar, y, haciendo exactamente y perfectamente lo que han aprendido como buenas palomas de Skinner, están haciendo daño al mismo sistema. La serpiente se come su propia cola. El aprendiz del mago, al otro lado, hace inversiones para generar más espíritus que ha llamado inicialmente.

Mirando bien este pasatiempo en un país en crisis, se presenta como un juego solitario: Con-sigo. Con-sigo-mismo. Con-si-mismo. Con-su-mismo. Mismo se usa para resaltar que se trata precisamente de la persona a que se refiere. Pues: Yo conmigo; tu contigo. Así es el pleno centro de lo que representa. Es un proceso perdido en sí-mismo, una acción ego-centrista sólo comparable a la masturbación. Y masturbarse se hace para obtener un placer sexual por la excitación de los órganos sexuales propios, con el fin de eliminar la tensión creada por la energía sexual acumulada, al mismo tiempo, es una violación mental, según un viejo diccionario. Y ya se sabe que la masturbación hace daño a la columna y a los ojos. Pero masturbación produce más turbación y el más-turbador en sí no es ningún turbador, sino la persona que mantiene el juego en marcha. Crisis o no crisis. Jugando, esta persona está, al mismo tiempo, en pleno centro no sólo del discurso del con-su-mismo, pero del discurso de la vida sexual también. Jugando su juego solitariamente está practicando safe sex. Es limpio el partido, encima produce beneficios y sobre todo ayuda a la sociedad. Solo, a su aire, con-sigo-mismo cada uno mantiene el sistema en marcha, instigando no más o menos turbación, sino tranquilidad.

Todo esto tiene lugar en esta sociedad y, cómo no, especialmente en esta temporada de la navidad. ¿Pero no son estas fiestas para pensar en otros? Hace pocos años se señaló a otros países pobres, África, Rusia, los pobres que no tenían nada, mientras aquí hay de todo. Pero aunque todavía no se mueren de hambre en Bar-Ce-Lona y tampoco en el resto de país, pero los pobres ya no existen solamente fuera, en otros continentes, otras fronteras, están aquí, en el parque temático Gaudí, turbando la venta, rezando al consumismo. Cada día más. Entonces, los que pueden, dejen el juego con-sigo-mismo solo un poco, que piensen que todas esta lucecitas de las calles, los papa noeles delante de las tiendas, las moquetas rojas en las ceras, los arboles frívolos en cada plaza, las canciones que te derrumban el cerebro, que todo esto es expresión de Navidad. Voz de paz. De regalar y dar y de compartir con los demás.

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