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No hay un trabajo indigno

Una de las mejores enseñanzas que nos ha ofrecido la pandemia es comenzar a valorar algunos empleos –y a quienes los desempeñan– que tradicionalmente no estaban bien vistos

ÁLEX SALDAÑA

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No hay un trabajo indigno

No hay un trabajo indigno

Una de las mejores enseñanzas que nos ha ofrecido la pandemia es comenzar a valorar algunos empleos –y a quienes los desempeñan– que tradicionalmente no estaban bien vistos por la sociedad ni, desde luego, bien remunerados. Por eso me ha encantado la confesión del actor galés Richard Harrington, de 45 años y conocido por sus papeles en series tan exitosas como The Crown –que se ha alzado con cuatro Globos de Oro–, quien ha dicho sin rubor que tuvo que trabajar como repartidor para la empresa Deliveroo para salir adelante durante el confinamiento. Ante la falta de trabajo como actor porque la pandemia paralizó todos los proyectos, Harrington se subió a su bicicleta y subsistió «entregando comida para llevar a la gente de Londres».

Quizá trasladar comida en bicicleta de un restaurante a la casa de los consumidores con una mochila en la espalda no tenga el glamour de actuar en una serie de televisión, pero Harrington ha aprendido a valorar el empleo de repartidor. «El confinamiento me convirtió en un recluso, así que estaba agradecido de poder ir en mi bicicleta cada día con el trabajo», dice el galés, contento porque además de servirle como sustento ese empleo le permitió mantenerse en forma. Efectivamente, no hay trabajo indigno; la dignidad, en cualquier caso, la pone el que lo hace y cómo lo hace.

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