No quiero ser influencer

No sé si es un defecto, pero mis influencers más notorios han sido la Biblia, Sócrates, Descartes y casi todos los filósofos. También –y me permito esta pirueta- yo mismo soy mi propio influencer aunque no me haga mucho caso

J. MOYA-ANGELER

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J. MOYA-ANGELER, Periodista

J. MOYA-ANGELER, Periodista

Una de las máximas que defiendo con mayor tesón dice: «Deja que la gente se equivoque sola». La responsabilidad de influenciar sobre otra persona me da pavor. ¿Es esta una contradicción con mi oficio de periodista? No lo creo. El periodista contempla, ve y plasma con máxima objetividad cuanto ha sucedido al margen de su vida personal (excepto los que se toman el periodismo como un oficio de trincheras), lejos de sus ideas sociales o políticas. Pero, ¿y los artículos de opinión? Pues, solo son eso, opiniones por si pueden hacer reflexionar a otros. Pero sin ninguna pretensión de trascender en su audiencia. 

Proliferan ahora legiones de gentes que se ponen no ya ante una cámara en un plató, sino ante su teléfono y en su propia habitación, por cierto muy necesitada de alguna buena idea decorativa. Se hacen llamar influencers y creen que les sigue una legión de gentes, cual flautista de Hámelin. Si es así, vamos peor de lo que me pensaba. Cavilo que, en general, tras un influencer o hay un complejo de inferioridad escondido, o un caradura, o bien un equivocado que no ha acabado de entender que eso de hacer de líder de opinión es algo más responsable de lo que pretenden y, sobre todo, para lo cual hay que estar bien preparado y bien documentado, como fruto del sentido de la responsabilidad que supone tirar de unos supuestos seguidores.

El problema es que hay una corriente papanatista que aboga por abrir espacios de publicidad a través de estos influencers, lo que convierte cada mensaje del influencer en una duda: lo que dice, lo dice porque cree en ello o porque le pagan para que lo diga. Si cobran de empresas, la traición que le hacen al influenciado es colosal, aunque quizás al influenciado no le importe, simplemente porque no tiene escala de valores.
No sé si es un defecto, pero mis influencers más notorios han sido la Biblia, Sócrates, Descartes y casi todos los filósofos. También –y me permito esta pirueta- yo mismo soy mi propio influencer aunque no me haga mucho caso. En general practico el arte de escuchar para aprender, tanto lo que puedo hacer como, sobre todo, lo que no debo hacer. 

Querer trascender es un ansia de quien se siente seguro, a veces como fruto de una veteranía y experiencia, porque cree que puede ayudar. Es loable. Ahí están todos los maestros, -no los profesores- gente sabia e imprescindible. Otra manera de influenciar es orientar a los hijos, pero no hay que creer en exceso en dictarles normas, imposiciones y criterios. Con los hijos hay que practicar con el ejemplo, que ya es un fuerte modelo de influencia. Y basta. Dejarles hacer, en especial en la adolescencia, porque hay que fomentar sus criterios de elección que desarrollan algo muy importante: el sentido de la responsabilidad. Tratar de dirigirlos es una batalla perdida y tal vez es mejor que sea así. 

Ahora que, muy lentamente, comenzamos una era en que las modas ya casi no consiguen imponerse, y la vida ofrece miles de opciones lejos del borreguismo, al tiempo de florecen los influencers, comienza a vislumbrarse su propia desaparición. Aunque, entre tanto, van por ahí, teléfono en mano, alimentados por la publicidad necia, creyéndose los Reyes del Mambo sin saber ni siquiera quiénes fueron los Reyes Católicos.

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