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Nunca faltarán leyendas

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Pasa en todos los deportes, cuando una de las grandes estrellas se retira surgen voces melancólicas asegurando que ‘nadie podrá sustituirle’. Una vaporosa sensación de amargura se instala y que sirve de excusa para todas las posteriores desgracias: ‘Desde que se fue, este deporte ya no es lo que era’. Todo mentira. Si algo caracteriza a la raza humana es su evolución. Su capacidad de superarse. Para alguien nacido a inicios de los 80, hablar de atletismo y velocidad remitía directamente al rostro alegre de Carl Lewis. El Hijo del Viento era todo un espectáculo. Igual se colgaba la medalla de oro en salto de longitud que lo hacía en los 100 metros lisos, los 200 o el relevo 4x100. Parecía difícil repetirlo. Junto con Jordan y algo de Maradona había tenido el placer disfrutar de tres leyendas que parecían inalcanzables. Me atrevía a mirar a la generación siguiente con cierto regocijo. Jamás podrían disfrutar de tanto talento. Pero apareció Usain Bolt. Con la misma naturalidad y alegría con la que supera rivales, el ‘Rayo’ ha dejado atrás las grandes marcas de Lewis y no solo eso, también la imagen icónica que era el norteamericano en el atletismo. Lo mismo, imagino, les pasó a la generación de mis padres, cuando seguían atentos las victorias de Mark Spitz y creían estar viendo al mejor nadador de todos los tiempos. Hasta que llegó Michael Phelps. Messi lo ha hecho con Maradona, aunque algunos se empeñen en no aceptarlo, y Roger Federer con Pete Sampras. Será más o menos difícil, pero al final, siempre aparece una nueva leyenda que desbanque a la anterior, porque cada generación necesita de sus propios mitos.

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