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Orgullo genuino

Resulta increíble comprobar lo que los granas han construido con el Nàstic Genuine desde hace apenas un lustro. La Liga Genuine Santander, prácticamente recién nacida, cuenta ya con treinta y seis equipos inscritos
 

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi Balerdi

Dánel Arzamendi Balerdi

El minoritario programa Días de cine ha sido protagonista de la actualidad reciente por dos motivos bien distintos: uno positivo, pues el miércoles celebró su trigésimo aniversario en pantalla, y otro luctuoso, al conocerse el fallecimiento de su director más icónico, Antonio Gasset. Sin duda, el que fuera presentador de este espacio durante más de una década (brillante, independiente, sarcástico, descreído, políticamente incorrecto) logró inocular en muchos televidentes la pasión por la gran pantalla, pese a su antológica desmitificación del séptimo arte: «El cine es una mínima parte de casi todo. E incluso completamente prescindible».

Si me permiten la referencia personal, le debo a Gasset gran parte de mi afición por el cine. No soy ningún erudito en el tema, ni un apasionado de las últimas propuestas del neoexperimentalismo transbáltico que muestran la hierba creciendo. Simplemente, me gusta ver películas, ya se trate de un drama de Ingmar Bergman, una fantasía de George Lucas, una cabrada de Lars von Trier, un blockbuster de Paul Verhoeven, una locura de Werner Herzog, una comedia de Woody Allen, un relato de Akira Kurosawa, una genialidad de Stanley Kubrick, un documental de Michael Moore, una aventura de Steven Spielberg o una carnicería de Quentin Tarantino. Y lo cierto es que, probablemente debido a la fuga de talento hacia las series de plataforma, hace tiempo que echaba en falta la experiencia de sentarme delante de una gran pantalla y sentir que algo se conmovía dentro de mí. Afortunadamente, de forma imprevista, el pasado martes recuperé esa sensación.

Es frecuente reprochar al sector periodístico (y también a quienes asomamos la patita en este mundo sin ser profesionales del medio) cierta obsesión por hablar exclusivamente sobre los aspectos negativos de la actualidad. Parece que no sabemos hacer nada más que criticar todo lo que se hace mal, señalar inquisitivamente con el dedo a sus presuntos responsables, lamentarnos morbosamente por el desastre que nos rodea y sembrar entre los lectores cierto regusto de amargo pesimismo. Supongo que este fenómeno se debe a dos factores fundamentales: por un lado, al deber inexcusable de poner sobre la mesa todo aquello que debe ser denunciado, y por otro, el hecho de que lo indignante tiende a resultar más visible para la mirada dispersa que aquello que merece ser reconocido o celebrado. Y precisamente por ello, es de agradecer que alguien, de vez en cuando, te plante delante de la cara algo como lo que Ram Giner nos enseñó el martes, en el Teatre Tarragona, durante el estreno de su documental Nàstic Genuine. El nacimiento de una realidad.

Resulta increíble comprobar lo que los granas han construido en este ámbito desde hace apenas un lustro. Allá por 2016, algunos responsables del club se fijaron en la intensidad con que vivían su pasión por el Nàstic dos de sus seguidores, Rubén y Álvaro, ambos con síndrome de Down. Afortunadamente, a alguien se le encendió una bombilla: ¿por qué no crear un equipo donde ellos también pudieran disfrutar de la práctica del fútbol? Los dos chavales recibieron la propuesta con entusiasmo, la directiva lo asumió como un proyecto prioritario, y la LaLiga respaldó la iniciativa desde el primer momento a través de su Fundación. Así fue como, un año después, el Nàstic impulsó la primera competición regular de fútbol para este colectivo, y Tarragona se convirtió en sede fija del campeonato.

Los objetivos fundacionales de LaLiga Genuine Santander son normalizar la práctica deportiva entre personas con discapacidad intelectual, fomentar el compromiso del fútbol profesional con este proyecto, y promover que los clubes cuenten con su propia sección Genuine. Entre otras especificidades, en esta competición no sólo se suman los resultados de los partidos, sino también las actitudes positivas de deportividad que se muestran durante los encuentros. Esta liga, prácticamente recién nacida, cuenta ya con treinta y seis equipos inscritos, entre los que se encuentran, además del Nàstic, otros escudos históricos como el del Atlético de Madrid, la Real Sociedad, el Sevilla, el Villareal, el Athletic de Bilbao, el Valencia, el Espanyol, el Betis, el Alavés, el Zaragoza, el Eibar, etc.

En nuestro caso particular, con un contexto local caracterizado por una excesiva tendencia al lamento fatalista, no nos viene nada mal ser conscientes del papel protagonista que ha jugado nuestra ciudad en la puesta en marcha de este proyecto. Sin duda, nos encontramos ante una iniciativa que debería enorgullecernos a todos los tarraconenses, y un motivo añadido para sentirnos honrados de contar con una institución como el Nàstic. Pero no se trata de ese tipo de orgullo que busca destacarse sobre los demás, sino de esa satisfacción que se asienta en los valores humanos que encarna y transmite este proyecto, y que impregnan el recomendable documental de Ram Giner: empatía, deportividad, respeto, buen humor, ilusión, solidaridad, optimismo, convivencia, integración, aprendizaje… Porque, tal y como declaran las muchísimas personas que colaboran en este sueño (cuya captación hubo que frenar por exceso de candidatos), el trato con estos chavales les reporta mucho más a los propios voluntarios de lo que ellos ofrecen desinteresadamente al equipo.

Da gusto poder escribir, de vez en cuando, sobre una realidad surgida en nuestra ciudad, que ha trascendido el ámbito local para convertirse en un revulsivo pionero y en un ejemplo inspirador más allá de nuestras comarcas. Un orgullo genuino. El pasado martes, al acabar la proyección, todo el Teatre Tarragona se puso en pie para compartir un aplauso interminable. Una mujer, sentada cerca de mí, no pudo contener las lágrimas por la emoción. Como dijo el presidente grana, Josep Maria Andreu, «el mejor equipo de la historia del Nàstic».

Agradecer poder contar algo positivo.

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