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Pactos y acuerdos

En la España de los 40 incluso se daba el pacto entre caballeros, que hasta se hacía sin papeles
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Pacto (del latín pactum), acción y efecto de pactar, acuerdo firme entre dos ó varias partes. Acuerdo; resolución tomada en común por varias personas, sea junta, tribunal, asamblea, compromiso entre adversarios.

Históricamente tienen sus orígenes en los pactos feudales de buena voluntad, que exigía la libertad de los compromisarios, es decir la no sujeción de una persona a otra, la igualdad de derechos y obligaciones entre ambas.

En Cataluña a partir del siglo XV adquirieron carácter de doctrina y rigieron en la legislación de la época de los Trastámaras, quienes constituyeron la Diputación general de Cataluña como organismo defensor de los pactos ante el absolutismo.

Podemos referirnos también al denominado Pacto Cuatripartito que se efectuó el 7 de junio de 1933 en Roma, entre Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia. Fue inspirado por Mussolini y preveía, que durante diez años, las cuatro potencias examinarían entre ellas todas las proposiciones concernientes a la revisión de fronteras Al final este pacto acabó en octubre de 1933 por retirada del mismo de Alemania.

Como referencia también podemos nombrar el denominado Pacto Federal, acuerdo que según Pi i Margall había que establecerse entre el pueblo, la provincia y el estado, tres entidades autonómicas. El primero firmado fue el de Tortosa (1869) a instancias de Almirall y fue suscrito por veintidós representantes federalistas de Cataluña, Aragón, Valencia y Baleares y después se firmaron otros similares en Córdoba, Valladolid, Eibar y la Coruña. Significaron la reacción de las provincias frente a la incapacidad de la minoría federal parlamentaria de influir en las cortes. La intención era completar la organización federal de las provincias, unidas por similitudes geográficas y un pasado histórico común.

Pero, dejando la historia los pactos y acuerdos se dan en la vida cotidiana, donde son normales aplicar estos conceptos, como medio para evitar enfados familiares por herencias, separaciones rencorosas, que pagan después los hijos, litigios que siendo de temas normales siempre son mejor que ir a juicios, que como se dice: ‘Tengas juicios y los ganes’. En la España de los 40 incluso se daba el pacto o acuerdo entre caballeros, que hasta se hacía sin papeles, sobre todo en los pueblos.

También se experimentaban los acuerdos de labranza, en cuanto que dos agricultores se unían en las labores de verano, para tardar menos, compartir costes, trabajo, animales, etc.

En empresas competidoras del mismo ramo de productos, en la que cada una tiene una parte del conjunto de la tarta, que significa las ventas de ese producto a nivel mundial, europeo o nacional, se dan acuerdos de ayuda, pues alguna puede tener un incidente que le impida producir, y recibe la ayuda de las otras, pues en definitiva todas pueden fallar y el mercado hay que abastecerlo si se desea estabilidad en precios y costes.

En la política hay dos clases de pactos, los que se realizan por intereses puramente personales y los pactos o acuerdos de Estado que se realizan por un bien común. Los primeros, todos los conocemos, son legales pero con poca honestidad, son pactos realizados por el ansia de gobernar o por echar al competidor al que no hay que darle ni agua por diferentes motivos.

En España, concretamente, los partidos mayoritarios que se han distribuido el gobierno desde 1978 han realizado pactos con minorías nacionalistas para estabilidad, a cambio de ceder competencias y dinero. La izquierda ha realizado más pactos por lo mismo, por el poder, y tenemos los del PSOE-IU, en Andalucía. Es curioso el del PP-IU en Extremadura, aunque es menos normal.

Sin embargo, no han sido capaces, salvo para el terrorismo, de pactar para cuestiones fundamentales en una nación. Educación es fundamental que sea su estructura adecuada al país y no que cada cuatro años se cambie dependiendo de la ideología del partido gobernante. La sanidad es fundamental que la gestione el Estado, un acuerdo en defensa y una política general en exteriores que evite la creación de embajadas a cualquier autonomía fuera de la nación. La justicia nunca se debió politizar y ahora tienen un conflicto para temas en los que no se ponen de acuerdo. Como los dos partidos han vivido cómodos, pues sabían que uno u otro gobernaría, les ha pillado la sorpresa de una crisis importante, en la que por orgullo no han hecho ni un pacto en defensa de país, sólo echarse las culpas.

El nacionalismo también les ha sorprendido con su separatismo radical, si hubieran modificado la ley electoral, que trata muy bien a los dos mayoritarios y a los nacionalistas, pero a los demás que les parta un rayo, no tendrían que haber hecho pactos con CiU y PNV, sino con otros.

Ahora, la última sorpresa es la última encuesta del CIS. El PSOE se ve tercero y piensa: me fastidiará la ley electoral, beneficiará al PP y a Podemos; claro, si sigue la tendencia tendré que unirme a Podemos, pues IU está rota. El PP, donde va con el 27% si ni siquiera con 32% lo tendría bien. Piensa, con nosotros no pactará nadie, vamos a correr ahora a recuperar el voto escondido. Lo que no quieren entender es que el voto , que han perdido por valores, por engaño en este concepto no lo recuperarán, pues se abstendrá ó irá a otros minoritarios que defienden aquellos valores.

Por esta absurda competencia, ideológica en la que subsisten todavía las dos Españas, hemos estado a punto de entrar en recesión, se ha permitido la corrupción y se han cedido competencias que nunca se debería haber cedido. ¿Quiénes han pagado los platos rotos? Los ciudadanos, desde la clase media hacia abajo, los jóvenes, los padres, los jubilados. Ahora se están preocupando por si el que gobierna es Podemos. Por si fuera poco se cubren de gloria y sacan ley de tres años de carrera y dos de máster. Una locura o insensatez.

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