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Plazas libres

Confundimos la gloria con la fama y con su parienta ruidosa que es la popularidad

Manuel Alcántara

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A mucha gente que estaba al cabo de la calle, incluso a la que tenía una gran avenida o una plaza céntrica, la están desalojando. Es el destino de las cambiante ciudades. Varían no sólo los inquilinos, sino los nombres de las calles y Valencia, que siempre nos gustará por otras cosas, está batiendo la plusmarca de la retirada de nombres, con gran desconcierto de los carteros. Incluso de aquel legendario repartidor de cartas, tan vocacional que se daba un largo paseo en su día de descanso. El Gobierno valenciano ha solicitado a los ayuntamientos y a las diputaciones que retiren todas las placas en las que figuran nombres de políticos condenados en firme por corrupción, que son casi todos. Su calle ya no es su calle, sino una calle cualquiera camino de cualquier cárcel. Esto supone un gasto municipal y demasiado espeso. Confundimos la gloria con la fama y con su parienta ruidosa que es la popularidad, pero hay que reconocer excepciones: una de las personas más célebres del mundo es «el soldado desconocido», al que todos conocemos por tener un monumento.

El PP ha suspendido a 18 concejales y asesores por el ‘caso Taula’, pero el partido ha pactado que se queden como independientes. Lo importante es la placa, pero son móviles. No nos parece justo a muchos transeúntes reemplazar el nombre de un general vencedor por el de un general vencido hasta que hayan pasado muchos años después de sus batallas y queden muchas plazas libres. Nos explicaba don Gregorio Marañón que las guerra civiles duran un siglo. Así que los ediles deben contener su impaciencia hasta que llegue el 2036, o mejor el 39, y conformarse con estatuas de los reyes godos de la Plaza de Oriente. La reprobación de los ediles corruptos debe dar cabida a los que vayan surgiendo, ya que la naturaleza humana no se corrige así como así. Hay cierta malévola expectación en torno a los pétreos recordatorios de Rita Barberá o de Carlos Fabra o de Rafael Blasco. Sería más inteligente dejar correr el tiempo, que ni se apura ni tropieza ya que sabe que tiene todo el tiempo por delante, aunque tenga los días contados. Como todos.

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