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Por el interés te quiero, Assad

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El foco mediático internacional se ha centrado durante las últimas semanas en la crisis de los refugiados que huyen a la desesperada de la guerra desatada en Oriente Medio. La presuntamente idílica Primavera Árabe desestabilizó de tal modo la región que gran parte de Siria, una zona turística hasta hace apenas un lustro, ha acabado convertida en uno de los lugares más peligrosos del planeta. Las estremecedoras pero a veces frías estadísticas del conflicto (250.000 muertos, 11 millones de desplazados) han dado paso este verano a una realidad palpable e insoslayable. Una marea humana avanza hacia occidente con el único objetivo de sobrevivir, y cuando se trata de salvar la vida de tus hijos no hay frontera que valga.

Puede que estemos asistiendo a la demostración empírica de que los cambios políticos de envergadura deben incluir un horizonte claro y compartido por sus impulsores (una moraleja que debería aplicarse alguna candidatura conjunta mucho más cercana a nosotros). La estrategia “vamos a acabar con lo que hay y luego ya veremos” conduce habitualmente al desastre, pues una ruptura promovida por grupos con diferentes visiones de futuro está abocada a terminar sus días como el rosario de la aurora. En el caso que nos ocupa, la oposición a Al Assad comprende una macedonia de movimientos de lo más variopinta: el ISIS, los nacionalistas kurdos, el Ejército Libre Sirio, el Frente Al-Nusra, los Revolucionarios de Siria, el Ejército de los Muyaidines… Todos estaban de acuerdo en acabar con el régimen anterior, pero cada uno tenía proyectos políticos incompatibles entre sí. El resultado está a la vista.

Cuando los vientos de la Primavera Árabe llegaron a Damasco allá por 2011, las potencias occidentales intentaron aprovechar el río revuelto para mover la silla a Bashar Al Assad, uno de los principales aliados de Rusia en la zona. Numerosos dirigentes norteamericanos y europeos manifestaron públicamente la necesidad de que el mandatario sirio abandonase el poder inmediatamente, negándole legitimidad para mantenerse al frente de un país que exigía reformas democráticas (eso sí, ni una sola palabra sobre el tiránico régimen de Arabia Saudí, no fuéramos a incomodar a los camelleros que tienen hoy el surtidor de la gasolina por el mango).

El conflicto bélico no se detuvo y ya en 2013 fuimos muchos los occidentales que exigimos a la comunidad internacional una respuesta militar contundente contra el Estado Islámico, cuyas atrocidades conocíamos ya a través de su siniestra maquinaria de propaganda. Sin embargo, la Casa Blanca no estaba por la labor de enfrascarse en otra guerra entre tormentas de arena, y los representantes europeos -como ya viene siendo habitual- eran incapaces de ponerse de acuerdo ni en el color de la moqueta sobre la que discutían. Esta inacción allanó el camino para que el ISIS implantara en Siria el más terrorífico genocidio de los últimos tiempos: minorías religiosas masacradas, opositores exterminados, niñas vendidas como esclavas sexuales, ciudades históricas arrasadas… El sadismo de los islamistas precipitó una primera estampida de refugiados hacia Turquía, Líbano, Jordania… Mientras todo esto sucedía, nosotros seguíamos preocupados por saber si Messi era feliz en el Barça y si Edurne ganaría Eurovisión.

Han pasado los meses y Occidente comienza a desperezarse. Ya suenan algunas voces en varias cancillerías europeas (empezando por la británica y la española) a favor de un acuerdo con Al Assad para organizar una campaña militar que barra al ISIS de la faz de la tierra. Parece que el dictador puede ser ahora un aliado imprescindible para detener a los carniceros de Al-Baghdadi, y probablemente nuestros gobiernos intenten matizar la satánica imagen del sátrapa sirio que nos habían ofrecido hasta ahora. Nadie debería extrañarse ante semejante photoshop diplomático, teniendo en cuenta la frecuencia con que la realpolitik cambia los papeles de ángeles y demonios internacionales dependiendo de intereses coyunturales: Sadam Husein (primero bueno, luego malo), Alí Jamenei (primero malo, luego bueno), Muamar el Gadafi (primero bueno, luego malo, luego bueno, luego malo…). Sin embargo, la duda de fondo sigue ahí. ¿Qué ha provocado el levantamiento del veto a Al Assad? ¿Acaso el drama sirio ha convencido a nuestro dirigentes para priorizar la lucha contra el Estado Islámico? ¿Quizás la imagen del pobre Aylan haya enternecido sus corazones?

Mi sospecha es que el verdadero motivo de este cambio de actitud volverá a avergonzarnos como europeos. Los dirigentes de la UE (y sus ciudadanos, reconozcámoslo) hemos observado durante años los combates en Siria como unos sucesos tristes pero lejanos que apenas afectaban a nuestras vidas. Asesinatos, torturas, violaciones… Un suspiro y cambio de canal. Pero ahora todo ha cambiado, pues cientos de miles de seres humanos huyen de sus hogares para salvar la vida y Europa es su única salida (capítulo aparte merece la nauseabunda actitud de los opulentos países del Golfo, incapaces de acoger a un solo refugiado). Llegados a este punto crítico, los gobiernos occidentales han sentido de pronto un altruista e irrefrenable deseo de combatir al ISIS, aunque sea a costa de ver a Al Assad entrando en el club de los buenos con el apadrinamiento de los iraníes, recientemente hermanados con EEUU. ¿Acaso el envío de tropas será un desinteresado gesto de ayuda a la población siria? Me temo que no. Este pueblo sufre hoy las mismas atrocidades que hace un par de años, y los países de la UE apenas han movido un dedo hasta que la marea migratoria ha turbado la tranquilidad de nuestro confortable continente. Y todavía tenemos la desfachatez de considerarnos un referente moral para el resto del planeta...

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