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Por qué leer los clásicos

Agamenón Rajoy ha cometido hasta ahora bastantes errores en su gobernación

Alfredo Álvarez Alcolea

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Aesa pregunta respondió Ítalo Calvino dando catorce razones. Si cualquiera de ustedes las analiza (no hace falta que se lean el libro del mismo título, pues andan resumidas por Internet), no les convencerá ninguna. Por ello, siendo como soy servidor de ustedes y mucho más de la Literatura, les voy a dar una decimoquinta, y espero, iluso con fundamento y sin esperanza, que definitiva: hay que leer los clásicos porque son quienes más y mejor nos hablan de la actualidad, del presente. Y a las pruebas me remito.

En la Ilíada, clásico entre los clásicos, texto fundacional de la Literatura occidental, la diosa -que sin duda era la musa épica y elocuente Calíope- canta con la bella voz que le da nombre la discordia habida entre Agamenón y Aquiles por la jefatura de la coalición aquea que guerreó contra Ilios. Agamenón, rey de reyes, ciertamente no había dirigido con mucho éxito ni tino la guerra hasta ese momento (llevaban nueve años dale que te pego al esforzado troyano sin conseguir rendirle); Aquiles se lo reprochó y reclamó para sí el mando: “El orden está perdiendo intensidad rápidamente. Y el que ahora es el primero será después el último, porque los tiempos están cambiando”, parece ser que le dijo, sin duda inspirado por Robert Allen Zimmerman. Agamenón le respondió: “Mira, majo, coge el Canto II y lee el catálogo de las naves; allí verás que yo he puesto para esta empresa 100, más que cualquiera de todos los reyes que aquí estamos reunidos como si juegos Geyper fuésemos, y tú apenas 50. Y amén de eso, no tienes el apoyo de los otros, porque, como ellos mismos dicen, inspirados sin duda por Víctor Manuel San José Sánchez, solo piensas en ti y en tu gloria personal, y se te da el fruto de un sicomoro la suerte del común”. Agamenón y Aquiles se mostraron irreductibles, inspirados sin duda por Asterix y los suyos, y anduvieron de morros un tiempo, lo que causó incontables dolores a las sufridas tropas a su mando y envió al Hades muchas valientes vidas de héroes argivos. De todo eso, y de más cosas que no hacen al caso, habla la Ilíada.

Viejas historias de viejos; consejas de algo que pasó, si pasó, hace sus buenos más de tres mil años, me dirán ustedes. Y hasta es muy probable que un habitual tribuno, garrido y guardador de miel, vaya más lejos y diga que esa historia nunca sucedió, que es una mistificación, una temblona falsedad (1 e incluso 2). Pues a unos y otro les digo que no. Que de invención o mentira o vejez, nada. Pero que nada de nada. Que las bien habladas Musas Heliconas -lo dejó escrito Hesíodo, el Agonías- “saben decir muchas mentiras semejantes a verdades, pero saben, cuando quieren, cantar verdades”. Y si leemos bien la Ilíada, comprenderemos que lo que nos cuenta es la discordia que hoy mismo hay entre Agamenón Rajoy y Aquiles Sánchez por la jefatura del gobierno de España. Agamenón Rajoy, presidente del gobierno en funciones, es la verdad, ha cometido hasta ahora bastantes errores en su gobernación (lleva cuatro años dale que te pego a los problemas de España sin conseguir rendirlos); Aquiles Sánchez, pretendiente a la presidencia, se lo reprocha y reclama para sí el mando: “Presta atención a la llamada; no te quedes en la puerta; no bloquees la entrada; porque el que salga herido será el que se quedó atascado. Hay una batalla ahí fuera y es atroz. Pronto sacudirá tus ventanas y hará vibrar tus paredes, porque los tiempos están cambiando”, le dice. Agamenón Rajoy le responde: “Mira majo, coge El País del 21 de diciembre último y lee el resultado de las pasadas elecciones, allí verás que yo he puesto para esta empresa 7.215.530 naves, más que cualquiera de todos los jerifaltes que aquí estamos, y tú apenas 5.530.693. Y amén de eso, no cuentas con el apoyo de todos los tuyos, porque, como ellos mismos, y de los mejores, dicen, solo piensas en ti y en tu gloria personal, y se te da un higo la suerte del común país”. Agamenón Rajoy y Aquiles Sánchez se muestran irreductibles y andan de morros. ¿Llegarán a reconciliarse? Y mientras llega, si llega a llegar, la reconciliación, ¿causará ese reñido interregno incontables dolores a los sufridos españoles a su mando y enviará al Infierno, de donde no han de volver, muchos futuros, ilusiones y expectativas? Y si no llega, ¿Héctor Iglesias y Sarpedón Puigdemont lograrán, como pretenden, pegarle fuego a las cóncavas y aqueas naves?

La verdad es que no lo sé, porque la Ilíada, hoy, aún se está escribiendo. Por eso… ¡los clásicos! ¡Ay, los clásicos!

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