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¡Se fue el caimán!

Por fin, después de 44 años, la democracia ha podido sacar a la momia del Faraón de su mega mausoleo. Es el autohomenaje del dictador Franco a su cruzada contra sus infieles

Alberto Reig

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¡Al fin! «Se va el caimán, se va el caimán (se va para Barranquilla)», era una canción de letra inocente que fue censurada en España durante la dictadura pues venía asociada al gustazo popular cuando un dictador desaparecía de escena.

Y en 1946 Franco parecía tocado de ala ante la presión de la ONU y las conspiraciones monárquicas internas. Los demócratas más ingenuos pensaban que tenía los días contados, pero como dijo de él el general Miguel Cabanellas que lo conocía bien, al entregarle el mando único se iba a creer que España era suya y no la soltaría jamás. Así fue.

Franco dijo que cuando él se sublevara, sería para ganar. Bien que se lo pensó y se subió al carro (al Dragon Rapide) en el último minuto, pues sabido es lo que hacen los militares golpistas cuando uno no se subleva con ellos. Mola y sus próximos se referían a él como «Miss Islas canarias 1936». Subido al carro del poder el santo cruzado fue implacable con sus enemigos y adversarios.

Basilio Martín Patino retomó la canción para su espléndida «pilícula» (que diría El Caimán), Canciones para después de una guerra (1976), lo que nos permitió a los jóvenes antifranquistas gozarla cantándola a coro. Por fin, después de 44 años, la democracia ha podido sacar a la momia del Faraón de su mega mausoleo. No traten de seguir engañando sus nostálgicos con que es un monumento de reconciliación y en memoria de todas las víctimas de la Guerra Civil. Es el autohomenaje del dictador Franco a su cruzada contra sus infieles. Se pongan como se pongan, la exhumación de su Caudillo no es abrir heridas, sino empezar a cerrarlas de una vez. 

Todos sus descendientes y beneficiarios directos de la rapiña organizada por el mismo Franco y su llamado «Régimen del 18 de Julio» (1936), han podido vivir y gozar de los plenos derechos de nuestra democracia que el abuelito negó a sus contrarios, han hecho lo imposible para impedir que se haga justicia. 

Efectivamente, todos no somos iguales. Quienes reniegan de la democracia bien que se sirven de ella y utilizan todos los instrumentos jurídicos garantistas de todo Estado de Derecho, y bien sabemos que, si de ellos dependiera, los harían desaparecer en su exclusivo beneficio. Para mayor inri el Estado asume el mantenimiento del nuevo destino del general Franco.

Que lo privaticen y se lo vendan a la familia por el módico precio que ha costado desenterrarlo, trasladarlo e inhumarlo en el cementerio de Mingorrubio y vayan a rezarle todos los días a todas horas pero, eso sí, que el cementerio siga perteneciendo al Estado para poder impedir que dicho cementerio se convierta en un nuevo Lourdes donde pudieran ir toda clase de nostálgicos del fascismo y amantes de los dictadores, con sus banderas con el aguilucho, sus cruces de La Victoria o símbolos fascistas de cualquier signo…

Sobre qué hacer con el Valle de los Caídos se han escrito ríos de tinta por toda clase de expertos. El gran historiador tristemente desaparecido, Santos Juliá, sostenía que no era posible resignificar un monumento de semejantes características por buen empeño que se pusiera en ello, y tenía parte de razón.

Aportaba un destino en mi opinión más literario que otra cosa: cortar todo tipo de presupuesto destinado al mantenimiento y conservación de semejante ultraje a la memoria de los vencidos, dejando que el verdín creciera entre los restos de tan venerables piedras manchadas de sangre e ignominia bajo el signo de la cruz para mayor ofensa, pues con esa misma cruz se golpeaban las bocas de los republicanos que se negaban a besarla y a confesar y comulgar antes de ser ejecutados en nombre de la justicia divina. 

Francamente, sería curioso y significativo de ver, pero como no es previsible que ninguno de los que todavía tenemos memoria vivida de la dictadura vayamos a vivir 200 años, yo preferiría verlo convertido, previa jubilación de los monjes benedictinos, que bien se han ganado el retiro, en un gran Centro de Memoria Histórica donde pudiera estudiarse e investigarse a fondo lo que fue la dictadura franquista, las guerras y conflictos civiles, la lucha por la garantía y defensa de los Derechos Humanos.

Que puedan recuperarse los restos de los allí hacinados de cualquier manera sin el consentimiento familiar. Que pudiera almacenar una gran biblioteca sobre todas estas cuestiones que sirviera de conocimiento y memoria para las nuevas generaciones, donde fueran de visita nuestros escolares, como hacen los alemanes mostrando los campos de exterminio a las nuevas generaciones para que tengan memoria de su propio horror.

No del suyo, obviamente, sino de lo que puede llegar a hacer el ser humano en nombre de la Patria, de Dios o de cualquier otro tótem ideológico blanco, negro, rojo o azul. Si lo han hecho los alemanes, ¿por qué no podemos hacer nosotros algo parecido? A ver si es posible poder vivir en paz de una vez sin que la memoria de tan mezquino y vengativo dictador siga condicionando tanto la democracia española.

Alberto Reig es catedrático de Ciencia Política, cofundador de CECOS (Centro de Estudios sobre Conflictos Sociales) de la URV. Sus líneas de investigación son: política española contemporánea: II República, Guerra Civil, franquismo, transición, Memoria histórica, Revisionismo y neo franquismo. Entre otros es autor de ‘Franco caudillo: mito y realidad (1995)’ o ‘Memoria de la Guerra Civil’.

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