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Siglas para ganar o perder

Es triste tener que decantar el voto sin tener claro qué va a hacer cada candidato con la ciudad
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Es probable que la mayoría de ciudadanos afronte la jornada de votación sin haber añadido datos ni cambiado sus preferencias durante los días de campaña electoral. Nada distinto respecto a anteriores comicios, volviendo a poner en duda la utilidad de los esfuerzos, tiempo y dinero empleados en carteles, anuncios, mítines, comparecencias y debates poco o nada esclarecedores. Por lo general, han escaseado propuestas concretas y abundado la búsqueda de frases impactantes, casi siempre para descalificar al adversario y huérfanas de contenido sobre lo que en verdad se dirime: la gestión de trece autonomías y más de ocho mil ayuntamientos, aunque domine la sensación de que está en juego bastante más. Probablemente lo esté, entre otras cosas porque el sistema sigue primando las siglas, por encima de los candidatos aspirantes en cada demarcación.

Las sucesivas encuestas –algunas contradictorias– han perfilado un escenario de incertidumbre mayor que otras veces, con altas expectativas de cambio en el mapa político y exigencia de complejos pactos para gobernar. Cabe prever, por tanto, que el análisis poselectoral discurrirá las próximas semanas sumando o restando el cómputo global de las distintas siglas, más que valorando el respaldo obtenido o negado a cada aspirante en particular. Se sucederán, también, las cábalas sobre cómo van a incidir esos resultados en elecciones previstas o previsibles, confirmando o desmintiendo expectativas acumuladas para cada cual. Y, aunque se mencione apenas, se sucederán procesos de elección indirecta en diputaciones y otros organismos intermedios, dotados de desiguales competencias y capacidad de gastar, del todo ausentes en la competición. Cabe considerar, pues, que este domingo no acaba nada, sino que arranca un período para dilucidar bastante más.

Si algo se puede considerar llamativo es lo poco que los aspirantes a obtener alcaldía han dedicado a explicar qué pretenden hacer con su ciudad. Todavía menos han descendido a cuestiones concretas los aspirantes a liderar las trece autonomías sometidas a convocatoria. El grueso de las intervenciones de unos y otros ha discurrido centrado en vaguedades conceptuales, promesas de ser distintos y reivindicación del partido de pertenencia como garantía de eficacia y honorabilidad, siempre comparándolo con un adversario caracterizado por lo contrario y peor. Se puede interpretar como carencia de ideas del candidato, pero lo más probable es que derive de un modelo político-electoral cada vez más cuestionado.

Es evidente la preponderancia absoluta de la dirección de cada partido en el vigente sistema de representación. Algo que, percibido por los ciudadanos, es lógico que anime a secundar unas u otras siglas, más que a depositar confianza en alguien cuya posición, presente y futura, depende del aprecio de la restringida cúpula partidaria, no de la valoración social que merezca su tarea; sea en el gobierno o la oposición. Los mecanismos y causas van más allá de lo que puedan corregir experimentos como someter a primarias la designación de candidatos, sustituir las listas cerradas y bloqueadas o cambiar el sistema electoral.

Puede que tengan razón quienes se quejan de algunos excesos de catastrofismo oportunista y ansias de destrucción, pero quizás se estén echando demasiado en falta voces que planteen, con espíritu constructivo, que la democracia precisa, en términos coloquiales, una urgente vuelta de calcetín. Una recomposición que propicie, entre otras cosas, que en las campañas electorales –en realidad, duran siempre– surjan auténticos debates sobre opciones y asuntos que están sobre la mesa de la inquietud ciudadana, tanto si se mencionan como si no.

Citando algunas ausencias del preámbulo cerrado la noche del pasado viernes, choca que nadie haya abordado algo tan crucial como el reparto de niveles y competencias entre las administraciones públicas, donde sobran evidencias y ejemplos de duplicidades, solapamientos y sobredimensión. Nadie ha avanzado propuestas serias respecto a la proliferación de agencias, empresas y entes de caracterización variopinta, que autonomías y ayuntamientos mantienen en sus contornos, cuya actuación y a veces su misma existencia discurren en absoluta opacidad. Tampoco se puede ni debería considerar cerrado el debate sobre la pervivencia de organismos intermedios, tales que las diputaciones, y existen razones para cuestionar un número de municipios que sobrepasa varias veces el promedio de la Unión Europea en términos de población. Y tanto o más curioso es que, al margen de vagos anuncios de bajar o subir impuestos, haya estado ausente de las campañas municipales el nunca resuelto modelo de financiación.

Cabe pensar, en definitiva, que muchos irán a votar este domingo sin saber exactamente qué futura realidad eligen para su autonomía o ciudad. No sólo, aunque muy en especial, porque las propuestas han sido escasas y gaseosas, sino porque el escenario que anticipan las encuestas es de alta fragmentación y exigencia de pactos, a saber entre quiénes o contra quién. Algunos, acaso recuerden lo hablado en campaña sobre otorgar gobierno a la lista más votada, en un debate tan cínico como trucado: se han declarado partidarios los que sienten expectativas de ganar sin mayoría absoluta, pero contrarios los que tienen claro que quedarán por detrás, sin que nada garantice que, cuando acabe el recuento, defiendan lo contrario que días atrás. El precedente inmediato de Andalucía, ahí está.

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