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Solidaridad con 'cupo'

Han tenido que ser los ayuntamientos, la Iglesia y los propios ciudadanos los que han preservado la ayuda precisa a los refugiados
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El Gobierno no ha dado en absoluto la talla en la cuestión candente de la inmigración. La negativa inicial de España al reparto de cuotas de candidatos al asilo entre los Veintiocho miembros de la Unión nos ha situado a la altura de la Hungría de Viktor Orban, quien, además de mostrar el rechazo explícito a los foráneos, levanta vallas que inevitablemente recuerdan el telón de acero y hace declaraciones extemporáneamente racistas de este tenor: «A este paso, podríamos acabar siendo minoría en este continente». ¿Quiénes? ¿Los arios sin gota de sangre judía? Ante una diáspora trágica como la de Siria, donde la tercera parte de sus 22 millones de habitantes ha tenido que desplazarse de su residencia habitual por riesgo cierto de ser asesinada, ha sido imposible no experimentar un sentimiento emocionado de solidaridad. La propia señora Merkel, cuya dureza intelectual ha sido puesta a prueba en otras ocasiones, se ha volcado en la apertura de Alemania para dar acogida a estas gentes. Y sólo después de ver esta evidencia, Rajoy se ha prestado a regañadientes y con condiciones a ampliar su cupo. Mientras muchos municipios como Tarragona y Reus y algunas comunidades autónomas ya habían tomado la iniciativa de ofrecer ayuda y refugio a los infortunados que sean acogidos. Han tenido que ser en fin, las instituciones intermedias y la propia ciudadanía las que han preservado la dignidad de nuestro país ante una gran tragedia humanitaria.

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