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Los movimientos nacionalistas tienen mucho que ver con los hinchas del fútbol

Felipe Benítez Reyes

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La vida puede ser muy extraña. Basta con que nos señalen al enemigo de nuestras ilusiones para que prenda en nosotros un sentimiento de agravio, un heroísmo colectivo que nos redima de nuestra carencia de heroísmo individual. Tomados de uno en uno, somos actores secundarios; en grupo, nos sentimos –paradójicamente– protagonistas. Basta con un discurso que racionalice lo irracional y que dote de sentido concreto al sinsentido abstracto de un ensueño irreal y ahistórico. Tu supraidentidad. Ahí toman sentido primordial las banderas, que, de ondear decorativamente en las instituciones, pasan a ser credenciales de legitimidad frente a la bandera ilegítima del adversario. Ahí toman un sentido catártico los himnos, esas composiciones de mensaje generalmente abstruso y anacrónico que insuflan sin embargo una expectativa vibrante de futuro.

Estos experimentos que lleva a cabo la oligarquía política con la realidad y con la gente nunca se sabe del todo cómo acaban, en el caso de que acaben, pero eso parece ser lo de menos: el experimento es ya por sí mismo un resultado.

Los movimientos nacionalistas tienen mucho que ver con los mecanismos emocionales de una hinchada futbolística: gracias a un sentir tan primario como binario, tu corazón, tu esperanza y tu orgullo están donde tienen que estar: con los tuyos; es decir, con esos otros extraños que te rodean en la grada y con los que compartes una efusión de apariencia unánime. Mientras que los que corren por el césped y quienes ocupan el palco presidencial hacen caja a costa de tu corazón, de tu esperanza y de tu orgullo. Historia resumida, en suma, de la humanidad.

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