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Textos, contextos, pretextos

Nadie, por muy estresado o nervioso que esté, dice algo que en realidad no cree
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Es un hecho generalmente aceptado que ‘quien mucho habla mucho yerra’, por lo que determinadas profesiones que se caracterizan primordialmente por la utilización del lenguaje –profesores, periodistas, abogados, políticos, etc.– son más propensas a cometer errores o deslices que quienes trabajan en base a otras habilidades, en el bien entendido que el lenguaje y la facultad de hablar es utilizada por todos los seres humanos y la que nos permite estar en la cima de la evolución. Por otro lado, si bien es cierto que todos, en algún momento, cometemos los mismos errores al hablar, aquellos que por su trabajo están más expuestos ante la opinión pública son los que tienen más eco mediático. Del disparate que yo pueda decir sólo se enteran aquellos con los que interactúo de forma directa y personal, mientras que si lo pronunciara en la radio, en televisión o en la red podría devenir trending topic, como se dice ahora.

El lector ya habrá intuido por dónde van estas líneas, que hubiera preferido titular con aquel refrán tradicional de ‘Vuelta la burra al trigo’, pero no he querido que un mal entendido hiciera creer que se insulta a nadie. Más bien trato de aludir a la reiteración con que nuestros personajes públicos meten la pata. A veces es un micrófono que se creía apagado y que permite saber lo que alguien piensa realmente, como Aznar en el Parlamento Europeo –«Vaya coñazo que les he soltao», así, tal cual–, o Esperanza Aguirre, la liberal que enchufaba a los suyos en Caja Madrid –«Hemos tenido la inmensa suerte de darle un puesto a IU quitándoselo al ‘hijoputa’»–, o Jordi Sevilla, diciéndole al presidente Zapatero que, de economía, «lo que tú necesitas saber para esto son dos tardes». En 2008, otro micrófono que creía apagado Rajoy siendo líder de la oposición brindó a los medios la perla de «Mañana tengo el coñazo del desfile. En fin, un plan apasionante», dicho a modo de confidencia a Javier Arenas en relación al desfile de las FFAA del día de la Hispanidad; y qué decir del «es un gilipollas integral» que el socialista manchego José Bono le dedicó en 2004 al premier británico Tony Blair porque éste había recibido a Rajoy en su residencia londinense. Estos pocos ejemplos que todos recordamos, si bien es cierto que evidencian la impostura y el doble lenguaje de los políticos –bellas frases protocolarias en sus declaraciones públicas, pero que ni ellos se creen, tal como delatan los micrófonos indiscretos–, podrían ser vistos con cierta simpatía porque reflejan lo que muchas personas piensan realmente o porque la ‘espontaneidad’ de sus expresiones los humanizan y acercan a la gente de la calle.

Más lamentable resulta, tanto desde la ética política como del elemental civismo, cuando las manifestaciones o declaraciones incorrectas son realizadas ante cualquier medio de comunicación, a conciencia de que serán conocidas, y no cabe atribuir su difusión a un descuido involuntario o a un micrófono delator. En estos casos el pretexto que se emplea por el político para justificar lo inadecuado de su ‘texto’ es el famoso contexto. Lo que en absoluto resta gravedad al comentario indebido. Culpar o aludir a que la frase polémica «se ha sacado de contexto» es una solemne memez que además demuestra que tampoco saben qué demonios es eso. Si un sujeto público dice que fulano es un borracho, o que determinado grupo étnico son todos delincuentes, ¿qué supuesto contexto restaría gravedad a lo dicho? La última muestra de este comportamiento imperdonable en un representante público, o que aspira a serlo, ha sido la candidata del PP a la alcaldía de L’Arboç, Marta Casado, que respondió a una internauta que le achacaba ser del PP: «¿Y tú? ¡Casada con un negro! No sé que es peor. A veces habla quien más tiene que callar». La autora del desaguisado se apresuró a retirar el comentario y a pedir perdón, pero ella ya ha quedado retratada como racista y por ello inadecuada para ocupar un cargo público. Pero podría alegar en su defensa que su máximo líder, Rajoy, para animar a De Guindos en su negociación en Bruselas, le soltó aquello de «España no es Uganda», que hizo las delicias de las autoridades de dicho país. Y hablando de De Guindos, quién no recuerda cuando el año pasado mandó en Bruselas «a tomar por el culo» a Marisa Doctor, de Canal Sur, y al resto de periodistas. De los «saqueos» de Cospedal ya está todo dicho, y qué decir de los que rechazan que un supermegacatalán como Albert Rivera mande en España.

Desde Freud sabemos que los lapsus linguae revelan lo que pensamos realmente. Nadie, por muy estresado o nervioso que esté, dice algo que en realidad no cree. Así que si usted habla como un ‘X’, usted es un ‘X’, y no le dé más vueltas.

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