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Tiro al blanco

Manuel Alcántara

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No es exacto decir que el odio racial haya vuelto, porque jamás se ha ido. Hubo un momento demasiado duradero donde se distribuyeron los papeles según la coloración de la epidermis. «No tenemos que parar hasta que ellos sean los negros y nosotros los blancos», era el eslogan de una revista en tecnicolor, creo que la misma que publicó en su portada la silueta de nueve africanos y de un señor pálido y la título: «El problema blanco en los Estados Unidos». Viene de antiguo. Antes de que algunos navegantes los transportaran encadenados en las bodegas para venderlos como esclavos en lo que fue la mayor vergüenza de la humanidad, pero no el peor negocio. ¿Qué culpa tendrán esos cinco policías muertos de que alguien haya querido vengar a dos ciudadanos de raza negra? Nos falta todavía algún tiempo, quiere decirse algún siglo que otro, para comprender que sólo hay una razón: la humana. No son suficientes todavía los ejemplos de Luther King ni de Obama, que por cierto ya ha expresado su condolencia y prometido que se hará justicia. El francotirador tenía un objetivo y lo confirmó antes de que lo abatieron: «quiero matar blancos. sobre todo policías blancos».

Dallas sigue siendo un sitio ideal. En todos los hogares hay dos pistolas, salvo en los que también hay un rifle, pero lo peor es que andan suelto muchos «tigres del tamaño del odio». El asesino, al que hay que llamar presunto, es un joven de 25 años, afroamericano y veterano del Ejército, condecorado por matar a otros en la guerra de Afganistán. Nos preguntamos si es lícito llamar antropófago a quién se come a un caníbal, pero no nos extraña que las llamadas fuerzas de orden utilicen para defenderse a gentes desordenadas punto. Yo vi detener a un negro en una gasolinera, en California. No sé lo que había hecho, pero estoy seguro de que no podrá hacerlo más. Cuatro policías lo golpearon y lo patearon cuando estaba en el suelo. La policía no destaca por sus buenos modales porque también pasa miedo.

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