Todas las pompas son fúnebres

La naturaleza de los obi-tuarios, necrológicas, notas fúnebres, etc. es informar. Es que se miren. Es que se lean. Para eso se contratan, publican, difunden. Hacerlo o no, es libre
 

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

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Todas las pompas son fúnebres

Todas las pompas son fúnebres

¡Hola vecinos!  Julio Camba y/o Ramón Gómez de la Serna, uno u otro, o los dos, dijeron aquello de:  «Todas las pompas son fúnebres».  Cuando Gómez de la Serna falleció viejo, pobre y desterrado en Buenos Aires, Luisa Sofovich, su viuda, llamó a la Embajada de España para pedir que se hicieran cargo del cadáver, que ella ya había cumplido, que se trataba de un «cadáver nacional español» y no era problema suyo. El «muerto nacional» fue finalmente enterrado en Madrid en 1963, en medio de un despliegue de pompas fúnebres que contrastaban con el exilio y la miseria que sufrió el genio de las greguerías.

En estos días de recuerdo a los difuntos he reñido con un tal Ernesto, que respondió a mi comentario acerca de una esquela y pontificó: «Es de muy mal gusto mirar las esquelas». ¿Mal gusto yo, por leer las esquelas? Contesté que la naturaleza de los obituarios, necrológicas, notas fúnebres, etc. es informar. Es que se miren. Es que se lean. Para eso se contratan,  publican, difunden. Hacerlo o no, es libre. Pero defiendo que ignorarlas porque resulta de mal gusto prestarles atención, se traduce en un feo muy feo hacia los difuntos. Un feo, esto sí, de pésimo gusto. La cosa es que el tal Ernesto se puso faltón y acabamos como el rosario de la aurora. Con lo de poco reñir que es uno.

Comencé a leer esquelas a diario como una de las obligaciones profesionales de cualquier jefe de protocolo de una institución. Con ellas advertía al presidente de la comunidad autónoma de la posibilidad de enviar una carta o tarjetón, de realizar una llamada telefónica a la familia o asistir a las exequias a tenor de la identidad de la persona fallecida. Al mismo tiempo el fallecimiento se trasladaba a las agendas del gabinete de presidencia, a fin de actualizarlas y no caer en el error de mandar una invitación para la Fiesta del Deporte a un fiambre. Doce años de mirar las esquelas cada mañana temprano, se me quedaron grabados en las costumbres cotidianas y ahora sigo haciéndolo porque en ocasiones encuentro verdaderas perlas de ingenio, humor, amor, ternura, surrealismo y hasta de último reproche a la vida.

Mirar mal una esquela me pudo haber costado el puesto. Había fallecido un general exgobernador militar de la plaza. El presidente llegó avisado de casa: ‘Mi mujer y yo iremos hoy al funeral, a la una en Santa Engracia’. Repasé la esquela. Efectivamente, a las 13 h, en la iglesia parroquial de Santa Engracia. Como siempre, me adelanté al lugar. El féretro ocupaba el inicio de la Vía Sacra. Fieles con cara de duelo se concentraban a las puertas de la iglesia. Reservé dos sitios en un primer banco discreto pero cercano a la familia del difunto. Y salí a la calle a esperar la llegada del presidente y señora.  Y llegaron. La concurrencia ya se encontraba dentro.

-¿Ha empezado el funeral?, preguntó mi jefe nada más salir del Opel Senator.

-Ahora mismo está empezando, presidente. Les guío hacia un primer banco, junto a la familia. Lo que me extraña en que no veo a nadie vestido de militar. Ni a ninguna otra autoridad. Se me hace raro. Los deposité en su primer banco y me fui al despacho, donde siempre había mucho trajín. Y, al poco, sonó el teléfono. Era el policía de escolta:

-Ángel, que este muerto no es.

-¿Cómo que ese muerto no es?

-Pues que no es. ¿No tenía que ser un general? Es una muerta.  Ha dicho el cura que estamos aquí para encomendar a Dios el alma de doña Concha nosequé.

-¡La concha de su madre! ¡Voy a escape!

Fui. El presidente y señora seguían donde los había depositado.  Los familiares de doña Concha los miraban intentando descifrar el misterio. ¿De qué conocía Conchita al presidente como para que éste asistiera a su funeral? ¿Asistía el presidente a todos los funerales de la ciudadanía, por solidaridad o para ganar votos? ¿Elegía de forma aleatoria al muerto? Por su parte, el presidente estaba que echaba humo por las orejas.

-¿Qué hacemos ahora, so listo?, preguntó fulminándome con sus ojitos de pitiminí.

-Aguantar el tipo, presidente. Y, luego, dar el pésame como lo más normal del mundo y salir pitando.

No me cesó. Me dio una tarjeta manuscrita que todavía guardo:  «En venganza, no pienso asistir a su funeral». El del general era a las 13h. en Santa Engracia… pero del día siguiente. No fuimos. La familia de doña Concha sigue preguntándose por qué asistió al suyo el presidente de Aragón. Y yo tengo mal gusto por leer las esquelas, manda huevos.

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