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Todos somos Blanca Tàrrega

Francisco Zapater

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El asesinato de Blanca Tàrrega ha encogido el corazón de los ciudadanos de Tarragona. Y no solo por su muerte –que sería suficiente–, sino porque el ataque a traición que ha sufrido podía habernos pasado a cualquiera. La alarma social que un hecho de esta naturaleza provoca es enorme. Más de uno pondrá en sus labios la tan manida frase de que entran por una puerta y salen por otra. ¿Qué se puede hacer para evitar que un individuo reincidente –como parece ser el caso– haga fechorías tan horrendas? De entrada, conservar la calma. Legislar en caliente siempre ha sido un mal método. El derecho penal tiene mecanismos para combatir la reincidencia, agravando la pena o no concediendo la suspensión de la condena, por ejemplo. Pero el castigo ha de ser proporcional al delito cometido. No se deben matar moscas a cañonazos. Pero hemos de ser conscientes de que el derecho penal no puede garantizarnos que una bomba a la deriva no impactará en la línea de flotación de nuestras vidas. Otra cuestión es qué pasará con el asesino de Blanca. Por los datos que tengo, estamos ante un asesinato. Su proceder alevoso (a traición) y el resultado de muerte así lo aseguran. La pena será probablemente elevada, pues el reproche social y la alarma que acciones de este tipo provocan pesarán sin duda en el ánimo de quien lo juzgue. Preveo que estamos ante la primera prisión permanente revisable que se imponga en Tarragona, aquel sucedáneo de cadena perpetua que Rajoy implantó el año pasado. El caso tiene todos los ingredientes. Pero hoy nuestro pensamiento debe estar con Blanca y con su familia. Del individuo que le quitó la vida ya dará buena cuenta el Jurado mañana.

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