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Todos somos jueces

Antes de que ningún tribunal dicte sentencia, todos tenemos nuestro particular veredicto

Enrique Arias Vega

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En nuestro afán colectivo por democratizar la justicia, todos nos hemos convertido en jueces: desde los casos penales más brutales hasta los asuntos mercantiles más enrevesados. Antes de que ningún tribunal dicte sentencia, todos tenemos nuestro particular veredicto, formado a base de informaciones parciales, mediáticas y prejuicios particulares.

Una de las peores coartadas para justificar una presunta capacidad jurídica que no tenemos es la emisión audiovisual de fragmentos de la vista pública o de deposiciones policiales o privadas de inculpados o de testigos, como si el conocimiento de una parte nos diese derecho sobre el todo y no contribuyese, más bien, al equívoco sobre el significado del conjunto.

Lo vemos todos los días en los juicios sobre corrupción, mientras nos rasgamos las vestiduras como si nunca hubiéramos hecho de las nuestras solicitando un enchufe, colocando a un amiguete, copiando en un examen, pagando sin IVA o yéndonos simplemente sin pagar.

Pero eso vale para cualquier orden de la vida. En el caso de un repugnante asunto de violación colectiva, ya he recibido en varios chats los rostros de los presuntos violadores, «para que no se vayan de rositas», antes de que nadie haya probado su culpabilidad. Y es que nos puede desde el afán de venganza al sometimiento a nuestros prejuicios. Lo tenemos en el caso del laberinto catalán: lo que para unos es «gravísima conculcación de la legalidad», para otros se trata de una «brutal represión del Estado por las ideas políticas». Ya me dirán, pues, si lo nuestro, en vez de hacer justicia objetiva, no se trata de puro y duro linchamiento.  

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