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Tomar decisiones

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Casi todos los españoles están tomando el sol, pero algunos se dedican a tomar decisiones y otros a tomarse el disgusto de cumplirlas con el calor que hace. A estas alturas del partido (me refiero al PP), el Gobierno plantea redefinir las competencias del Estado, esa maquinaria que algunos seguimos confundiendo con la ortopedia. El ministro de Justicia, Rafael Catalá, cree que todos los momentos son buenos para aparecer en televisión, pero sin duda el mejor es agosto porque hay menos competencia, ya que algunos incompetentes están de vacaciones. Corregir el sistema autonómico, que está claro que necesita correcciones, es algo más arduo que opinar sobre su funcionamiento, que es lo que hacemos algunos cronistas aunque «la luz del entendimiento» de la que habló Lorca nos haga ser muy comedidos. No queda tiempo para redefinir las competencias estatales y además hay que contar con que él se deje. El Estado es un monstruito, pero la anarquía ha dado hasta ahora resultados peores. Eso de que nadie mande sobre nadie queda mejor en los prospectos y en las páginas de Saint-Simon o de Proudhon, pero presenta inconvenientes en la práctica. Los seres humanos no somos ángeles, pero tampoco hormigas. Ya está bien con no saber ni a dónde vamos ni de dónde venimos, para tener que trabajar en el trayecto sin saber tampoco que habrá esta noche para cenar. Lástima que las decisiones no sean alimenticias y puedan aplazarse. Aclarar ahora cuáles son las competencias del Estado y cuáles las de las comunidades autónomas es una tarea titánica y no estamos muy seguros de que nuestro ministro de Justicia sea un titán. Debemos seguir cada loco con nuestro tema, ya que el tema del independentismo catalán nos trae locos a todos. Si bien a unos más que a otros.

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