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Vilafortuny, un oasis en el Mediterráneo

Conocí Vilafortuny recién comenzada la década de los ochenta, cuando todavía existían varios kilómetros de campos sin edificar entre esa pequeña urbanización y sus dos poblaciones limítrofes: Cambrils y Salou.

Invitada por los Bello –entrañables familiares de Zaragoza–, mi madre huía cada Sanfermín en un «124» con sus cuatro hijas, escuchando a lo lejos el inicio de las fiestas.

Superado el curso escolar y dando por finalizado el largo invierno de Pamplona, disfrutábamos de nuestro particular «verano azul» reencontrándonos cada verano con los amigos, el mar, los paseos en bici y los juegos, a los que dedicábamos tardes enteras en «la placita».

Mis recuerdos de esos años dorados están llenos de momentos felices, despreocupación, nuevas experiencias y primeras escapadas nocturnas con amigas, una vez obtenido el preceptivo permiso parental condicionado a la supuesta vigilancia de mi amigo Marcelo o de algún hermano mayor que se prestaba a ello.

Han pasado más de tres décadas, a lo largo de las cuales he procurado volver cada verano a pesar de los avatares –algunos muy duros– propios de cualquier vida adulta. Durante todo ese tiempo Vilafortuny ha sido un lugar especial en el mundo: mi refugio.

Tengo la inmensa suerte de seguir compartiéndolo con mi madre y las familias de mis hermanas y, desde hace diez años, de haberles contagiado el amor a ese lugar a mis suegros y, especialmente, a mi pequeña familia: Juan, mi marido, y nuestra hija Cecilia, en la que inevitablemente me veo reflejada cuando, desde la terraza de La Granja, la observo jugar con primos y amigos.

Si bien los estragos cometidos por el «boom» inmobiliario de la zona han desdibujado los límites de la urbanización, Vilafortuny permanece intacta. Sus característicos chalecitos blancos, los pinos que bordean su playa, el castillo de piedra, la iglesia de Santa María, la torre y la «placita» acogen, cada verano, a los hijos de Mercedes, Ignacio, M.ª Pilar… «jóvenes ochenteros» con los que ahora comparto recuerdos imborrables y renuevo cada verano mi amor por este pequeño oasis del mediterráneo.

Cierro esta carta expresando mi deseo de que ese mar deje de ser lugar de tregua y descanso para unos pocos y de huida desesperada para tantos.

Ojalá logremos dar respuesta al drama de los que, al otro lado de nuestra costa, buscan un refugio, no para superar los problemas cotidianos, sino para salvar su vida y las de sus hijos.

Inés Arriaga Iraburu

(Pamplona)

El inventor de la radio, Guillermo Marconi, murió de pesar

Así lo leí yo hace 50 años en el «Diario Español» de Tarragona. Por aquel entonces, el Sr. Marconi ayudado por un técnico apellidado Pontecorvo, descubrió un artefacto que lo bautizó como «El rayo de la muerte» y lo presentó al entonces «Duce» de Italia Benito Mussolini diciéndole: «Estamos trabajando en un aparato que una vez terminado podrá colocarse en el motor del coche propio y parará a pocos metros de distancia cualquier vehículo a motor, barco, avión, tanques, etc., etc., que tenga enfrente.»

Esto entusiasmó a Mussolini pero disgustó a Marconi; y al salir de la entrevista, se fue a ver a su buen amigo el Papa Pio XII «Eugenio Pacelli» y le explicó el caso, a lo que el Santo Padre le dijo: «Tu no debes entregar a Mussolini esta arma mortífera por lo que más quieras.»

Como buen cristina católico que era Marconi, al llegar a su casa, dijo a su esposa e hija: «Preparad lo más indispensable para emprender un viaje de inmediato. Nuestro chofer de confianza os llevará a Nápoles y yo, Dm. mañana me reuniré con vosotras y partiremos hacia lo desconocido.»

Se despidió de las dos mujeres y, una vez partieron llamó al ayudante de Cámara y le dijo: «Si a tal hora, no me he despertado llámame. A la hora prevista como Marconi no aparecía, se acercó a la habitación y llamó quedamente a la puerta.» Al no contestar nadie se atrevió a abrir la puerta y… Guillermo Marconi, había muerto.

El gran inventor, fue superado por el pesar y su corazón no pudo resistir. Q.E.P.D. Así sea.

Joaquín Suñé

(Salou)

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