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Un abrazo para el planeta azul

Españoles y portugueses conmemoramos juntos el quinto centenario de aquel viaje de tres años que circunvaló el planeta y, tal día como hoy, solsticio de verano, pero de 1521, compraban arroz a unos cafres de los mares del Sur

Juan Ballester

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Juan Ballester. Foto: DT

Juan Ballester. Foto: DT

Vengo de visitar una réplica de la nao Victoria amarrada en el puerto que me ha hecho revivir la mayor gesta náutica jamás llevada a cabo por el hombre, según la NASA. Llovía a mares y, mojado y con los cristales de las gafas empañados, he visto en cubierta a los cuarenta y cinco tripulantes durante una tormenta, y olido en su bodega a clavo húmedo.

Veintisiete años antes, Colón había logrado la segunda mayor aventura naval descubriendo América. El motivo, el mismo, las especias que ahora desdeñamos en la cocina española era la única forma de condimentar unos alimentos insípidos. Tanto valían unos granos de pimienta, cúrcuma, cardamomo o nuez moscada que se usaba como moneda incluso en transacciones inmobiliarias.

Un portugués, Bartolomé Díaz, había realizado la tercera proeza treinta y siete años antes, en 1488, al doblar África por el Cabo de las Tormentas (Buena Esperanza) abriendo una ruta por el Este hacia la Especiería a través del Indico que convirtió a Portugal en el importador exclusivo de esa canela en rama.

Portugueses y españoles éramos dueños y señores de los mares, de una navegación de cabotaje por rumbo y distancia, pasaron a una de altura en el que los astros les daban la posición. Mirando al cielo durante mil noches, pudieron calcular la latitud (paralelos) pero tenían problemas con la longitud (meridianos entre los polos). Cualquier ilustrado de la época sabía que la tierra es redonda, pero calculaban que entre la nariz de la península Ibérica y adonde había llegado Marco Polo, habría cuatro y no catorce mil millas.

La Armada de la Especiería capitaneada por Hernando de Magallanes, un portugués, se hizo a la mar con el objetivo de encontrar un paso por el Oeste que permitiera llegar a Indonesia por la espalda de sus compatriotas. Y, de paso, averiguar si la Especiería estaba en el dominio español fijado en el Tratado de Tordesillas, en el cual se habían repartido el mundo en dos mitades, como una naranja.

Cuando encontraron el pasadizo por el laberinto de islas de la Tierra del Fuego, se adentraron en el Océano Pacífico rumbo a lo hasta entonces desconocido para ir dibujando el mapamundi e hinchando el globo. Y en esa cáscara de nuez navegaron durante tres meses y medio sin escalas.

Sus bodegas albergaban veinte mil kilos de ‘galleta naval’, un pedazo redondo de pan duro varias veces cocido, (bis-cote); y pasaron tanta hambre que llegaron a comerlas con los gusanos y húmedas por el orín de las ratas, por las que se pagaba medio ducado de oro. La carencia de vitamina C les hinchaba las encías hasta sacarles las muelas. Esos hombres eran de madera de roble porque se comieron literalmente el barco, el cuero y el serrín.

El escribano no paraba de autorizar testamentos, al escorbuto y el hambre, hay que añadir los tripulantes que desembarcaron y no volvieron a subir a bordo. El almirante Magallanes murió de una flecha en el cuello en Mactán, ante Lapu-lapu y mil de sus hombres. Treinta y cinco en total perdieron la vida a manos de los nativos, entre ellos la mayoría de los capitanes y pilotos, el rajá Humabon les preparó un banquete antes de asesinarlos con machetes.

Tras navegar el Atlántico y el Pacífico, la nao Victoria, en vez de volver por donde vino, eran las órdenes de Magallanes, se adentró en el Índico comenzando un regreso a España sorteando portugueses. No es una metáfora que tuvieron que elegir entre usar el agua putrefacta para desalar las salazones o morirse de sed tras comerse el bacalao. Estaban trasgrediendo las leyes del mar y Elcano se alejó lo bastante de las costas de África poniendo como excusa, si lo pillaban, que venía de América. Pero los lusos los reconocieron y apresaron a dieciséis hombres en Cabo Verde mientras Elcano huía con la Victoria.

De las cinco naves que partieron con 239 tripulantes, andaluces y vascos en su mayoría, también portugueses, franceses, italianos y griegos, regresaron dieciocho argonautas famélicos con la lengua hinchada y los cuerpos llagados. Dicen que a quienes los vieron desembarcar en el muelle de las Mulas para llevar cirios a la Virgen, se les puso un nudo marinero en la garganta. A Juan Sebastián Elcano le hubiera gustado remontar el Guadalquivir con las velas desplegadas, pero arribó a Triana remolcado, disparando salvas y con la bodega repleta de clavo, pimienta y canela.

Parece ficción que hasta el próximo año no vaya a estrenarse una gran producción de su epopeya, se completa con juego, sexo, peleas, supersticiones, torturas en la garrucha, naufragios y un sinfín de sucesos que conocemos por el cuaderno de bitácora del cronista real, Antonio Pigafetta, que hasta pondría en duda Julio Verne.

Españoles y portugueses conmemoramos juntos el quinto centenario de aquel viaje de tres años que circunvaló el planeta y, tal día como hoy, solsticio de verano, pero de 1521, compraban arroz a unos cafres de los mares del Sur. Existe hispanofobia en Cataluña, está desatada en América, la aversión a lo español la iniciaron los monarcas europeos incapaces de inclinarse ante los mejores marinos de todos los tiempos. Pero bajo el pabellón español, nuestro es el mérito de haber mostrado al mundo que este es todo el cielo que pueden admirar nuestros ojos.

Juan Ballester es escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

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