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Un acto brutal

La otra noche se escapó Bruto del 'Julio César' de Shakespeare que tengo en mi biblioteca
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O sea, de Bruto. De Marcus Iunius Brutus, aclaro, no vaya a ser que me lo confundan con el antagonista de Popeye, su rival por el amor de Olivia, la desgalichada. Como sabrán casi todos ustedes (adviertan, lectores, el casi con el que huyo de la sinécdoque que maldije en mi última tribuna), fue el Marcus Iunius Brutus este del que les hablo un romano del siglo I antes de nuestra era, republicano convencido, de corazón, que, además, amaba a César, quien también le amaba, protegía y distinguía entre sus seguidores. Pero se dio el caso de que, igual que Aristóteles amó a Platón, pero más a la verdad, Marcus Iunius amó a César, pero más a la República y lo que esta significaba en orden a garantizar la libertad de los ciudadanos romanos y su participación en los asuntos públicos, pues al fin y al cabo república (de res publica) no quería decir otra cosa. Durante un tiempo el noble Bruto se debatió entre ambas lealtades. Como conocía bien a César, sabía de su insaciable apetito de poder, de su ambición apenas disimulada de convertirse en tirano o en rey (o en tiranosaurius rex, que viene a ser lo mismo).

Como conocía bien al pueblo de Roma, sabía de su indignación por las innegables injusticias a que daba lugar el sistema político regido por el Senado, corruptor de las viejas virtudes republicanas de austeridad, honestidad y respeto a la Ley; y también sabía de la entrega ciega y servil del pueblo al destruidor que destruyese ese régimen, al que por buen destructor tendría y recibiría. Y sabiendo eso llegó, no sin sufrimiento, a la conclusión de que la salvación de la República pasaba por la eliminación de César. Así que se unió a la conspiración que ya estaba en marcha, y de su propia mano –este fue el acto– le propinó la última de las veintitrés puñaladas traperas que acabaron con César aquel infausto día de los idus de marzo del 44 antes del Cristo. Tras unas escaramuzas cuasi guerracivilescas, y un período de represora dictadura militar (Segundo Triunvirato), Octavio, de quien conmemoramos el segundo milenario de su muerte, tomó el poder y con él llegó el escandaloso Imperio. Y, ciertamente, República finita fuit.

Hasta aquí, mal que bien, la Historia. Para entender cabalmente lo que sigue, han de saber, lectores, que, según mi psiquiatra, mi excesiva afición a los fermentados y a los destilados, que a otros les hace ver cucarachas, escarabajos y toda suerte de repugnantes bichejos, a mí me hace ver personajes salidos de los libros y que, por tan reales los tengo, que en mis delirios hasta llego a conversar con ellos.

Bueno, pues la otra noche se escapó Bruto del Julio César de Shakespeare que tengo en mi biblioteca. Nada más presentárseme le dije que buena la habían hecho matando a César, que la cagada había sido monumental y que como salva-repúblicas no tenía precio. «Si no querías rey ni tirano, ¡toma emperador!». Bruto, molesto por el cachondeo, frunció el ceño, se sirvió –sin que se lo hubiese ofrecido– un cumplido latigazo del Macallam Amber que me acompañaba, se lo echó al coleto de un trago y me espetó furioso: «¿Y tú me lo dices a mí? ¿Tú, precisamente, que contemplas impávido, sin hacer nada por impedirlo, el movimiento que quiere salvar vuestra maltrecha democracia asesinando el espíritu de la Transición y permitiendo así el irresistible ascenso al poder de Podemos? ¿Crees que el Octavio de mañana será mejor que el de ayer?». Y sosteniendo despreciativo mi desconcertada mirada, se escanció y endosó otro generoso copazo, y se volvió más cabreado que un mono al libro de donde había venido.

Como podrán comprender ustedes, me quedé de una pieza. Meditando las palabras de Bruto me dije que, efectivamente, como tiene sentenciado el pueblo desde hace tiempo, hay remedios que son peores que las enfermedades que pretenden sanar; que más vale enmendar que quemar; que sólo perfeccionando lo perfectible se camina hacia la perfección; y que yo no hago nada en esa dirección.

Esa misma noche también llegué a la conclusión de que mi psiquiatra no tiene razón. Mis conversaciones con los personajes de los libros –al menos con los de Historia– no tienen que ver con mis ingestas alcohólicas. Se deben, simplemente, a que «no saber lo que ha ocurrido antes de nosotros es como seguir siendo niños». Eso me dijo el colega Cicerón, Marco Tulio para los compañeros de la abogadil profesión, que al rato se escapó de los libros de Robert Harris y me ayudó a finiquitar la botella de Macallam. Pasamos una muy agradable velada charlando de los populismos de Lucio Sergio Catilina y de Publio Clodio Pulcro a los que, sucesivamente, tuvo que enfrentarse. De lo que hablamos les daré cuenta en una próxima tribuna que escribimos al alimón. Será mi granito de arena para evitar un acto, llamado voto, brutal –de Bruto, Marcus Iunius, no lo olviden– cuando en los idus de algún mes de 2015 se celebren en este país elecciones generales.

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