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Un barrio peligroso

El mundo se ha convertido en un único barrio peligroso
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Los atentados terroristas en París confirman las tesis de aquellos que en Estados Unidos defienden una mayor implicación y atención hacia Europa. Desde el final de la Guerra Fría, la comunidad de valores y de intereses formada a partir de ambas orillas del Atlántico Norte ha mantenido su razón de ser. A pesar de la perenne tentación de aislamiento de la superpotencia y de su llamado giro hacia Asia, la relación atlántica ha conservado buena parte de su vitalidad. La deseable conclusión a final de 2015 de un acuerdo para potenciar el libre comercio y las inversiones estrecharía aún más estos lazos. Tras la desaparición de la Unión Soviética, ya no hay un enemigo externo común, el pegamento más poderoso durante casi medio siglo. El matonismo de Putin y sus últimas acciones en Ucrania han hecho revivir estos reflejos y ha tenido como resultado el refuerzo de la cooperación dentro del bloque occidental. El terrorismo islamista, cuyas acciones en directo nos han estremecido, es una amenaza geoestratégica de primera magnitud. La torpe respuesta del presidente Bush a los ataques del 11-S con la guerra sin cuartel contra el terrorismo y las invasiones de Afganistán e Irak pusieron a prueba esta solidaridad atlántica pero no la quebraron.

El mundo se ha convertido en un único barrio peligroso, en el que solo hay un gendarme capaz de perseguir a los extremistas que destruyen la convivencia civilizada, aunque lo haga unas veces con más acierto que otras. Los dirigentes europeos lo saben y en momentos de crisis y zozobra como los que se viven esta semana cuentan con el respaldo de Washington. Por parte norteamericana, la propagación del yihadismo en suelo europeo en la marginalidad de comunidades de inmigrantes es una preocupación que viene de muy atrás. Ningún país de la Unión Europea ha dado del todo con la fórmula para realizar una integración social exitosa de los que llegan a su territorio para que formen parte central de proyectos nacionales y mucho menos de un ‘sueño europeo’. Tampoco tienen los gobiernos del viejo continente la capacidad de influir decisivamente en los focos de financiación y difusión de una idea pervertida y fanática del Islam que se hace desde terceros países.

La combinación acertada de la tolerancia y el respeto a la multiculturalidad con la defensa de las libertades y derechos fundamentales es el camino, pero es una alquimia difícil de producir en nuestras sociedades. La larga crisis económica y los movimientos populistas y xenófobos en alza llevan a la simplificación y a la búsqueda de chivos expiatorios. Por fortuna, la repetición estos últimos días de la frase emblemática ‘Je suis Charlie’ en medios de comunicación de Estados Unidos y en su universo digital presagia el incremento de la concertación atlántica para defender los valores democráticos de la sociedad abierta.

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