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Un paseo por Terres Cavades

A lo largo de todo mi pausado, lento paseo observo alarmado campos sin cultivar y, lo que es peor, invadidos por la vegetación descuidada, silvestre que indica la desatención por una tierra tan cercana a la ciudad

JUAN GONZÁLEZ SOTO

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JUAN GONZÁLEZ SOTO

JUAN GONZÁLEZ SOTO

Tengo para mí -y sé muy bien que es verdad asegurada- que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El mero acto de escribir permite aprehender una realidad que hasta entonces no se presentaba sino de un modo incompleto, velado, furtivo, caótico. El acto de escribir permite organizar esa confusa mezcla de incoherencias en que nos es dada la realidad.

Muchas cosas las conocemos, o las comprendemos, solo cuando las escribimos, o las comprendemos de un modo más certero y más organizadamente al escribirlas. Y es que escribir es hurgar en nosotros mismos y en el mundo, escrutar con un instrumento mucho más riguroso, minucioso, que el pensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible, implacable, corregible y sutil de los signos alfabéticos.

Lo mismo puedo decir del paseo con relación al paisaje por el cual se transita. El paseo, los pasos medidos, tranquilos, el ritmo pausado y mi mirada relajada y atenta.

La intensidad de un camino varía según se la recorra a pie o se avance sobre él sentado, por ejemplo, en el interior de un coche. Tan solo quien pasea advierte el total dominio del paisaje que le rodea, y descubre cómo es ese terreno, cómo se despliega el camino en cada una de sus curvas, cómo va ordenándose el despliegue de cercanías y lejanías, miradores, zonas sombreadas, calveros con escasa vegetación o sin ella, extrañas perspectivas impensadas momentos antes de perci-birlas.

He estado paseando a lo largo de casi toda la mañana por Terres Cavades. He quedado particularmente estremecido. Ahora lo escribo y lo mesuro ordenadamente.

Dejo atrás el cementerio. Inicio mi paseo como un buen haragán, fino y cómodo vagabundo, derrochador de tiempo. Camino sobre el asfalto entre paredes de piedra. Hubiera deseado (lo escribo ahora, lo he pensado entonces) pasear entre toda clase de huertos sembrados y repletos de verduras, entre flores y aromas de flores, entre almendros y árboles frutales, entre cañas cargadas de judías, pimientos, tomateras. Lo hubiera deseado. No ha sido posible.

Sin embargo, a lo largo de todo mi pausado, lento paseo observo alarmado campos sin cultivar y, lo que es peor, invadidos por la vegetación descuidada, silvestre que indica la desatención por una tierra tan cercana a la ciudad. También indica, claro, descuido, abandono. En cualquier caso, esa vegetación seca, tan abundante en casi todas las parcelas de Terres Cavades, es en verdad alarmante para quien pasea, para el ciudadano.

Entiende que es necesario extremar la atención, el cuidado. No es mi deseo ser pesimista, aún menos ser ave de mal agüero, sin embargo, parece necesario quitar esa vegetación seca, limpiar las parcelas, dejarlas, ya que no cultivadas, al menos libres de esa vegetación a ras de suelo que es yesca, eslabón propicio, preparado para que la chispa prenda en ella.

El sol, acaso tan impasible como el tiempo, contempla ardiente Terres Cavades.

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  • Cartas de un puma
  • Terres Cavades

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