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Un ritual cegador

Parece que en España sólo fallecen las buenas personas. A España le sienta bien el luto

Josep Moya-Angeler

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‘Todas las muertes son horribles’ dijo con acierto un conocido médico. Y en España, más, podría añadirse. España es un país de grandes rituales post mortem. Ha sido el país que hasta mediados los años 60 había que guardar luto varios años (el luto riguroso sólo permitía vestir de negro) y marcaba un mínimo, en años, para que la alegría no entrara bajo ninguna forma en el hogar golpeado por una muerte. Los rituales en torno a la muerte son cegadores y nos hacen olvidar, injustamente, la realidad del fallecido.

Parece que en España sólo fallecen las buenas personas. A España le sienta bien el luto. Y si me quieren llamar irreverente o iconoclasta, me parecerá muy bien.

Ahora, la pérdida repentina de Rita Barberá ha despertado los viejos y eternos resortes necrofílicos, una de cuyas máximas podría resumirse en que ‘en España sólo eres bueno cuando has muerto’, porque por lo visto ‘no hay muerto malo’. Como ha dicho un periodista catalán, este actuar es de un «cinismo macabro».

En efecto, el partido que echó de su seno a Rita Barberá no tardó ni un minuto en cambiar de opinión sobre ella para elevarla a una gloria inesperada, al llanto y, sorprendentemente, a criticar a quienes ––como ellos mismos hasta el martes– la repudiaron. Bien, los críticos del partido se han quejado de que la hubieran despedido con una sonora patada. Pero el problema no ha sido que la echaran porque estaba procesada, sino la transformación de quienes entendieron que un partido no puede abrigar a una procesada, por muy amiga que hubiera sido en tiempos felices. En la hora de los adioses hay un ataque de amnesia y casi nadie recuerda que estaba procesada y bien procesada.

La familia de Barberá fue contundente, veloz y clara: «entierro en la intimidad», fuera políticos. Sin comentarios. Es cierto que, valorando los mandatos de Barberá en la ciudad de Valencia, esta gran ciudad vivió una gran transformación hacia la modernidad. Pero no hay que olvidar dos aspectos fundamentales: la ayuda inestimable de su partido en el Gobierno, apostando por tener a Valencia como gran feudo imbatible, y que la mayoría de proyectos estuvieron teñidos de escándalos por posibles (y en algunos casos, sentenciadas) corrupciones, que llevaron a la cárcel a notables del PP en la comunidad valenciana.

Podríamos añadir que algunos de esos proyectos –como el Teatro de la Ópera– han evidenciado que fueron objeto de chapuzas constructivas, mientras otros –la Fórmula 1– producía agujeros insondables de pérdidas.

Valencia ha sido durante años la gran marmita de escándalos de corrupción. Nada comparable con el resto de España, donde no hay trigo limpio en ningún rincón. Evidentemente, estaba a punto de verse si Rita Barberá tuvo que ver en algunos de ellos. Pero, imaginemos que no, que jamás ‘metió la mano en la lata’, como dicen los argentinos. Ningún beneficio personal directo. Pero sí la complacencia y el silencio sobre cuantos metieron mano y vaciaron la caja. Los jueces iban a dilucidar estos días las responsabilidades penales y en esto ha sido, además de lamentable, inoportuna la desaparición de Barberá. Pero las responsabilidades políticas son obvias. Y así lo entendieron el PP y el propio Rajoy al exigir a la exalcaldesa que entregara su acta de senadora.

Sin embargo, es un rumor bien extendido por los círculos políticos que Barberá se fue de este mundo llevándose sus secretos. Ignoro si los sabremos algún día, si los confió a alguien y este alguien los hará públicos, y sobre todo la magnitud de esos secretos, las pruebas que pudiera tener ella y hasta qué punto involucraban a unas u otras personalidades y el elevado rango que pudieran tener. Más de uno respirará más tranquilo después de secarse las lágrimas de un más o menos sentido dolor.

La justicia, a veces, no alcanza a los más oscuros rincones. Y si se la politiza, mucho menos.

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