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Una lectura alegre de la actualidad

Contra fuerzas tan superiores y malvadas, se dice el listillo, todo vale
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El estatuto de autonomía de Cataluña consagra sus dos últimos artículos –título VII, art. 222, 223– a la descripción de los procedimientos necesarios para reformar el propio estatuto. Como es habitual en las constituciones y códigos normativos similares desde la Segunda Guerra Mundial, su redactado incluye una sección en la que se detalla qué pasos deben seguirse para modificar la norma suprema. Sin ir más lejos la Constitución Española, que en su título X expone los mecanismos de la reforma constitucional. La presencia de tales cláusulas en las constituciones –y en los estatutos de autonomía, por ejemplo– tiene una finalidad obvia: permitir la puesta al día de los textos sin tener la necesidad de abolirlos y reescribirlos de nuevo. Para garantizar la eficacia de dicha medida, el legislador propone siempre procedimientos complejos y lentos; complejos, porque se requiere un amplísimo acuerdo para que la reforma sea posible. Lentos, porque cuando la reforma es profunda, y para impedir que se legisle a golpes de calentón emotivo, se exigen trámites suplementarios, tales como disolución del parlamento, nuevas elecciones, ratificación de la reforma por el nuevo parlamento, referéndum… Así sucede en el estatuto catalán: cualquier reforma requiere la aprobación de al menos 2/3 de los parlamentarios, así como la satisfacción de otros trámites que ahora no es preciso comentar. Lo que ahora interesa es el grado de consenso que la norma catalana considera imprescindible para acometer una reforma del texto legal: dos de cada tres diputados han de estar a favor, como mínimo. Lo mismo sucede si se quisiera reformar la Constitución Española en sus artículos fundamentales: 2/3 de los parlamentarios habrían de e?star de acuerdo, amén de cumplir prolijos trámites suplementarios que tampoco es preciso mencionar ahora.

Este porcentaje –2/3– difiere substancialmente del porcentaje que maneja el president Mas –1/2 de los parlamentarios– con el que se sentiría amparado para iniciar la construcción de un nuevo estado. Es decir, traducido mediante un ejemplo vulgar: para escoger el color de las paredes de la escalera se necesitaría el apoyo de dos tercios de los vecinos; para decidir derribar el edificio bastaría que la mitad así lo pidiera. La incongruencia es tan monumental que no puede ocultarse: es una trampa.

Como es obvio, uno hace trampas para ganar. Pero así como el tahúr procura esconder sus trucos y el carterista disimular sus gestos, aquí nos encontramos con el caso inverso: la jactancia del tramposo. Presumir de lo que uno engaña y de lo que será capaz de engañar caracteriza a un tipo bien conocido: el ‘listillo’. El listillo emplea siempre coartadas para defender su posición ventajosa: «en el fondo todos querríamos hacer lo mismo» –en su versión más pedestre–, o bien «las circunstancias me obligan a comportarme así» –en su versión más elevada. En este segundo caso el listillo adopta la fraseología de un héroe, pues sobre todo quiere hacernos creer que se enfrenta a poderes malignos de una violencia sin igual. Contra fuerzas tan superiores y malvadas, se dice el listillo, todo vale.

La tradición literaria ha proporcionado un inmerecido brillo a esta clase de listillos: es el pícaro, una de las figuras emblemáticas de la literatura castellana, uno de sus triunfos más sonados. Para algunos críticos la aportación española más sólida al acervo literario universal, en cierto modo –permítaseme la gamberrada– la variante culta de la lucha de guerrillas, otro ‘invento’ español: el arte de matar por la espalda sintiéndose buena persona. ¡Oh, esa ilimitada capacidad para absolverse a sí mismo, puesto que el otro es tan malo!

Algunas noticias recientes añaden una divertida deriva a estas consideraciones; desde hace un tiempo, aunque su éxito se ha incrementado notablemente en los dos últimos años, un grupo de delirantes –y subvencionados– mitólogos nacionalistas andan empeñados en demostrar la catalanidad de Cervantes, Teresa de Jesús, Hernán Cortés y un sinfín de obras y personajes de primer rango. En breve, según creo, le tocará el turno a Leonardo da Vinci. Pues bien, en 2007 se publicó un texto reivindicando el origen catalán –o valenciano, si queremos– del Lazarillo de Tormes, una obra tan odiada como envidiada por los perversos castellanos, cuyo destino fue arder en su versión original –en catalán, o en valenciano, si queremos– y resucitar victoriosamente en castellano convenientemente tergiversada. Más o menos así está expresado y explicado en el artículo que dio pábulo a estos desvaríos, y si alguien lo duda puede consultarlo en la Wikipedia en catalán, visita que no le escatimará sorpresas ni carcajadas.

¡Qué tentador resulta suponer que el President ha adoptado una tradición tan catalana como la picaresca –según los descubrimientos de los hermanos Grimm de la historia– para derrotar al monstruoso estado enemigo!

No obstante algo chirría: el pícaro es un desgraciado, un muerto de hambre, un buscavidas. Su miseria le redime, o al menos lo convierte en un simpático pillastre. Difícilmente alguien que maneja un presupuesto enorme, se permite el lujo de desobedecer las leyes y desoír las sentencias de los tribunales, o controla las teles y radios públicas, da el perfil de pícaro tradicional. Como tampoco lo da el multimillonario que evade impuestos aduciendo que no quiere que con su dinero se compren tanques.

Más bien recuerda al niño que llega al colegio con su propia pelota y escoge con quién juega, cuándo empieza el lance, cuándo termina –modificando sus propios designios al hilo de los acontecimientos– y en el improbable caso de que pese a todo le metan un gol exclama: «¡si es que me dejáis solo!».

Los analistas políticos que para comprender lo que pasa busquen luz en El príncipe de Maquiavelo, o El 18 Brumario de Luis Bonaparte, de Marx, o El estado y la revolución de Lenin, acaso fatiguen las páginas en vano. Hay algo tan siniestramente pueril en las banderas que hoy se agitan, que sería tal vez mejor intentar captar la actualidad apelando a Sopa de ganso, de los Hermanos Marx –eliminando el humor adulto, por supuesto–, o incluso mejor: la primera entrega de Shrek. Esta película de animación del año 2001 incluye a un personaje de tan asombroso parecido al President Mas –semejanza física y desdichadamente, también moral– que procura al espectador la inquietante experiencia de ver prefigurada en una caricatura de ficción la crónica del más rabioso presente. Seguir las peripecias de Lord Farquaad en su intento de ser rey nos permitirá al menos reír mientras contemplamos el abismo.

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