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Uno de cada diez

Uno de cada diez españoles se declara «completamente feliz», según el CIS
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Nunca ha habido un porcentaje tan favorable, ni siquiera en los tiempos de menos paro y menos corrupción, pero la estadística es la estadística y sigue teniendo adoradores que se aprovechan de ella mientras la idolatran. El CIS, menos conocido por el Centro de Investigaciones Sociológicas, acaba de publicar, ahora que medio mundo se está bañando en el mar y el otro medio está sudando la gota gorda, lo que pudiera llamarse el barómetro de la felicidad nacional.

El balance es esplendoroso: uno de cada diez españoles se declara «completamente feliz», o sea, que no cree que la felicidad sea una ráfaga como si se hubieran dejado abiertas las puertas del paraíso, sino una región bien cercada o un castillo donde todas las almenas fuesen suyas para siempre.

Si los inconstantes dioses, que ahora están abandonando a los griegos todos a la vez, no me hubieran librado de la envidia, yo diría eso de ¡me cago en diez! No es humanamente posible, ni estadísticamente verosímil, que haya tan alto número de compatriotas que gocen de ese estado de satisfacción espiritual y física. Y más raro todavía es que no teman perderlo. Se conoce que no les acongoja contemplar la miseria y el desamparo en el que viven, o sobreviven y sobremueren muchos de sus semejantes. Hasta el egoísmo tiene fronteras. Puede uno creerse el ombligo del mundo, lo que sin duda es una exageración, pero tiene ojos y también puede darse cuenta de que a ese mundo no se le puede mirar sin que no se nos caiga la cara de vergüenza.

No sabremos nunca qué vara de medir o qué báscula han usado los investigadores para saber a cuánta cabemos cada uno. La fórmula machadiana sigue pareciéndonos válida para conseguirla: una buena salud y la cabeza vacía. Pero esas dos cosas tampoco se eligen.

Jardiel Poncela, que la buscó en su corta y atormentada vida, nos suministró otra receta y dijo que sólo había dos maneras de conseguir la felicidad: una, hacerse el idiota y otra, serlo.

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