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¡Vaya tropa!

A falta de pistas, habrá que recurrir a la teoría del 'quid prodest' (a quien beneficia)

Francisco Zapater

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¡Vaya tropa!

¡Vaya tropa!

Es indignante y muy grave. Es puro gansterismo político que el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, y el director de la Oficina Antifrau de Catalunya, Daniel de Alfonso, se confabulen para incriminar a dirigentes independentistas. Un comportamiento en las antípodas de la probidad y buena fe que debe guiar a quien ostenta esos cargos públicos.

Y este escándalo, de consecuencias no previsibles, ofrece varias vertientes. Una de ellas, la del propio ministro, que en absoluto sorprende. Conchabarse con terceros para orientar las investigaciones en perjuicio del rival político, forma parte de su ADN. Y más cuando se trata de «salvar a España». Es la doctrina del fin que justifica los medios. Tampoco sorprende que el ministro no dimita y se aferre a la teoría de la conspiración. Estamos acostumbrados. Pocos correligionarios suyos han dimitido, pese a la ristra de escándalos en que se han visto envueltos en los últimos años. ¿Qué podíamos esperar de Fernández Díaz, un hombre que durante más de cuatro años se ha dedicado a limpiar las playas del PP del chapapote de la corrupción?

Valga decir en descargo de Daniel de Alfonso que es perfectamente normal que se reúna con el ministro del Interior. Es más, el protocolo lo aconseja, para compartir información y coordinarse en su lucha contra la corrupción. Pero, salvando esa obviedad, se le pueden hacer varios reproches. De entrada, que las reuniones, en lugar de servir para luchar contra la corrupción, se utilizaran para buscar y orientar pruebas contra el rival político, con las que conseguir su imputación o, cuando menos, su desprestigio. Y que en lugar de entregarlas al juez o al fiscal, como era su obligación, las filtraran a los medios afines, buscando el momento más adecuado para conseguir el mayor impacto mediático. Y todo eso, adoptando una postura de sumisión y complacencia ante su interlocutor («A tus órdenes», le dice al ministro, «considérame el cabo de tu cuerpo policial»).

Ese comportamiento supone una clamorosa vulneración del principio de confianza hacia el órgano que le nombró: el Parlament de Catalunya. Una deslealtad que bordea la traición cuando el todavía director maquina con su interlocutor sustituir al president Mas por el exconseller Germà Gordó, de perfil más moderado en el tema soberanista. O cuando se jacta, en referencia al gobierno catalán, de que «les hemos destrozado el sistema sanitario»; «les hemos dado en todos los morros con Ramón Bagó»; o «estamos jorobándoles el CTTI». Y en cualquier comunidad, la traición es uno de los pecados más graves.

Cierto es que las grabaciones son nulas por haberse obtenido de forma ilícita, pero esa ilicitud solo opera en el ámbito judicial, de donde Daniel de Alfonso procede, no para cesar a un cargo de confianza. Si el Parlament lo nombró porque confió en él, de la misma manera puede ahora cesarlo ahora si ha perdido esa confianza. Por eso, o es un iluso el director cuando anuncia que recurrirá a los tribunales un eventual cese, o es una más de sus bravuconadas. O ambas cosas a la vez.

La gota que colmó el vaso la puso Daniel de Alfonso con el tono amenazador y desafiante que utilizó el jueves en su comparecencia ante el Parlament. Si hay motivo para «tirar de la manta», debió hacerlo, como era su obligación, durante los cinco años que pilotó la Oficina Antifrau. Advertir con «tirar» si lo destituyen, suena a amenaza, a una bravuconada inadmisible. Clama al cielo llamar hipócritas a los diputados o espetar a uno de ellos «si usted me dice esto en la calle, mañana está querellado». Se equivocó al utilizar el ventilador como elemento de defensa, en lugar de aprovechar la ocasión para explicar su tesis al Parlament, de forma clara y convincente. Y sobre todo con humildad. Los telediarios de Daniel de Alfonso parecen estar contados.

Una de las incógnitas del caso es quién gravó –y después filtró– las conversaciones. No se descarta nada. Pero a falta de pistas, habrá que recurrir a la teoría del quid prodest (a quien beneficia). A Daniel de Alonso, desde luego que no. Queda muy malparado en las grabaciones. Sumiso y servil ante el ministro («considérame el cabo de tu cuerpo policial»). E incluso roza el ridículo («yo soy español por encima de todo»). Una postura, en fin, poco digna de su cargo. Al ministro no le arriendo la ganancia de desprestigio. Su figura tampoco gana mucho con las revelaciones. Parece que en Interior, desde que Fernández Díaz entró como ministro, hay dos tendencias enfrentadas, la favorable y la contraria a él. Desde esa perspectiva, parece plausible decantarse por la autoría del segundo grupo. Y es que, según el proverbio, la venganza es un plato que se sirve frío.

Otro aspecto que pone los pelos de punta es el peligro que corremos todos de ser gravados. Si se pudieran leer los pensamientos, la convivencia humana sería imposible. No hemos llegado a este extremo… todavía. Pero la tendencia es preocupante. Hasta Obama debe estar caviloso ante su inminente visita a nuestro país. ¿Vendrá envuelto de inhibidores de teléfono?

La confabulación del ministro y del director de Antifrau para «salvar a España» puede tener un efecto bumerán. Para ellos, que han quedado desprestigiados y al borde del cese profesional. Y para todo el país, por el ridículo internacional que hemos hecho, y porque de la fábrica de independentistas está saliendo una nueva hornada.

¡Vaya tropa!

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