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Viajar y pasar mucha envidia

ÁLEX SALDAÑA

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ÁLEX SALDAÑA

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Acostumbra a sucederme cada vez que visito otras ciudades, cuando veo cómo cambian, cómo progresan e, inevitablemente, uno tiende a compararlas con Tarragona. En esta ocasión el destino ha sido Bilbao, una ciudad que conozco bien –viví allí durante mis cinco años de estudiante de Periodismo–. Bueno, al menos, la conocía bien, pues desde entonces ha vivido una sustancial transformación que ha dejado atrás aquella Bilbao industrial y gris para ser una urbe luminosa –incluso pese a su clima– y muy agradable. Entre todos los cambios positivos que ha experimentado Bilbao en los últimos años –y son muchos–, a mí me ha llamado la atención lo que hicieron con la Alhóndiga, un viejo almacén que mantiene su fachada original combinada con un moderno y funcional interior y que se ha convertido en un espectacular centro de cultura que incluso alberga en su piso superior una piscina cubierta. Y claro, uno ve aquello, el uso que tiene, el orgullo con que los bilbaínos hablan de la Alhóndiga –rebautizada Centro Azkuna en honor al alcalde que cambió Bilbao–, y no puede menos que pensar en lo que se podría hacer con nuestra Tabacalera, que acabará cayéndose y convirtiéndose en una ruina más mientras decidimos qué hacemos con ella. Claro que Tarragona no es Bilbao, ni tiene –ni ha tenido– un alcalde como Azkuna. Una lástima.

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