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Visados catalanes

Siempre nos quedará para escapar el maravilloso mar Mediterráneo

Martín Garrido

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Hace algunas semanas escribíamos sobre las fronteras y prometíamos continuar con los visados. El visado no deja de ser una representación gráfica de una Autoridad competente. La declaración de independencia y la reivindicación de la soberanía propia son términos paralelos que están sobre la mesa en estos tiempos en nuestras tierras.

Los visados como las fronteras tienen algo de infantil, de falso cartón piedra y de cómico. A veces, más de las que quisiéramos, tienen también algo de trágico. Si viajas por Rusia con un visado especial de negocios, que en fondo es una tapadera para conseguir un visado de múltiples entradas, debes afirmar sin rubor que eres un empresario que te dedicas a hacer turismo en tu tiempo libre, e incluso insinuar que quieres «tener una canita al aire» que siempre va a ser muy comprensible para el funcionario de turno: habrás mentido por todo lo alto , pero tus mentiras te permitirán cumplir los trámites sin mayores problemas y sobre todo «entrar» o »continuar» tu viaje… que de eso se trata.

Hay «visados y algo más». Los turistas suelen mirar muy mal que el funcionario o el policía de turno le solicite una «propina». El viajero profesional sabe que enseñar el visado y añadir una pequeña cantidad puede evitar esperas eternas y facilitar los trámites. Se trata de pasar la frontera y no entrar en divagaciones sobre la legalidad o la moralidad de las conductas. Pero no se equivoquen, y no lo intenten si carecen de suficiente experiencia, porque una equivocación les puede llevar a ser imputados, y con razón, por algún grave delito.

A veces el tema está claro pero otras te puedes encontrar en una situación comprometida. Si en la entrada en Europa por la frontera entre Ucrania y Rumania, en un descuido, un desconocido acompañante desliza unos billetes en tu pasaporte, que luego entrega amablemente al policía fronterizo, no te debes empeñar en intentar dar explicaciones, y más vale que hagas de tripas corazón.

Los visados te permiten entrar y salir al mismo tiempo pero hay unos muy curiosos que podemos denominar con el nombre de «visados de no volverás«. Algunos Estados te conceden el visado cuando estás en su interior y no en la entrada. Nadie te asegura que puedas salir, y pasas a depender de cosas tan triviales como el horario de apertura, la fiesta del líder, el humor del funcionario, o que tengas todos los papeles en regla. El viajero sabe que ha entrado pero tiene sus dudas que pueda salir, o al menos, que pueda hacerlo en un tiempo razonable: conseguir el visado se convierte en la búsqueda del santo grial y puedo asegurarles que cuando te lo dan suspiras profundamente y te juras a ti mismo que nunca más volverás a estar en una situación semejante. Y, sin embargo, vuelves…

Hay «visados vergonzosos». Llevar un visado de algunos Estados, especialmente de los no reconocidos o los reconocidos parcialmente, puede suponer la prohibición de entrar en otro. Incluso en algunos (como es el caso de Georgia en relación con el Estado separatista de Abjasia que declaró unilateralmente la independencia), enseñar un visado emitido por el enemigo, y por lo tanto ilegal, te puede llevar directamente a prisión. Ahora se han puesto de moda desde que un personaje como Trump ha sido elegido presidente.

Hay «visados para los países ratonera». Se trata de Estados que tienen un solo puesto fronterizo o una única frontera con otro país. Si entras en la ratonera es posible que no puedas regresar. Ustedes pensarán que estas cosas no pasan pero no hace mucho les contaba la experiencia de un sueco que tuvo la ocurrencia de entrar en Osetia del Sur sin percatarse de que su visado ruso era único y de que por lo tanto no podía volver a entrar porque ya había salido y con ello lo había agotado.

Si usted cree que obtener un visado te lanza a un mundo de libertades y de ilusiones realizables cometerá un grave error. Los «visados supuestamente vips» convierten al viajero en singular, aunque en el fondo lo que hagan es imponerle un sin fin de restricciones, como los que se concedían cuando se abrieron las puertas al turismo en Birmania, que iban acompañados de un mapa con los lugares que bajo ningún punto de vista podías visitar.

El visado puede ser simplemente un billete de entrada pero en muchas ocasiones se convierte en un salvoconducto. Son los «visados permanentes». En algunos Estados no basta con que pases la frontera y enseñes tu visado, sino que te lo van a ir pidiendo por cualquier sitio que circules. Casi siempre todo ello dará lugar a broncas, paradas innecesarias, alguna «retribución« complementaria y miles de zarandajas. Mostrar el armamento suele estar en el guión: no se deje impresionar, tenga paciencia y aguante, y sobre todo no se desprenda de su visado.

¿Necesitarán los españoles devenidos en exclusivos catalanes visados en un futuro? ¿De qué tipo serán? Me temo que la España «mancillada» no tendrá ninguna duda al respecto. Afortunadamente, Cataluña no va a encontrarse nunca entre los «Estados ratonera», porque siempre nos quedará para escapar el maravilloso mar Mediterráneo.

Quizás se imponga otro tipo de visado: los «visados inexistentes» o «visados de favor». En el fondo, pasar o no pasar una frontera depende en última instancia de un funcionario y de su buena voluntad. Una oportuna cantidad puede conseguir que atravieses por unas horas con la promesa firme de que volverás al lugar de origen. Pero nunca estarás seguro si las cosas seguirán igual a tu regreso o si al aduanero no lo habrán apresado y colgado en el entreacto.

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