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Wolinski y 'Charlie Hebdo'

Si hay algo que odian particularmente las dictaduras es el sentido del humor
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Hay quien presume de haber aprendido en la vida de Kant, Aristóteles, Popper o Carlos Marx. Yo, más modestamente, lo he hecho del humorista Georges Wolinski, una de las víctimas de la reciente matanza en París.

Lo descubrí en la revista Hara-Kiri y lo seguí luego en Charlie Hebdo y en Le Nouvel Observateur. Durante muchos años, su obra de chistes Il n’y a pas que la politique dans la vie… fue para mí una especie de libro de cabecera donde se explicaba en clave de humor que todas las actividades cotidianas, desde el trabajo al sexo, desde el colegio de los niños hasta hacer la compra, conllevaba siempre una opción política.

Ya se ve que el hombre tenía razón hasta sus últimas consecuencias: las que le han costado la vida, a él y a sus compañeros, a manos del fanatismo político más cruel y más estúpido.

Ellos y su semanario Charlie fueron, por eso mismo, el modelo en el que se basó Pepe Ilario en plena y difícil transición política española para fundar El Jueves, con todos los que participamos con él en aquella aventura de la que, por cierto, persiste su directora de hoy día, Mayte Quílez: ¿Cómo estás, preciosa?

Si hay algo que odian particularmente las dictaduras y los retrógrados que las sustentan es el sentido del humor. Por supuesto que aborrecen la libertad de expresión –de hecho, persiguen con saña a todas las libertades–, pero lo que más les molesta es su incapacidad de tomarse a sí mismos en broma, de relativizar sus creencias, de mofarse de su propia crueldad. Por eso mismo, sus víctimas preferidas son siempre los débiles, cuanto más, mejor.

Hay que tomárselo valientemente a broma, sí, pero nunca bajar la guardia. Relativizar en su día las salvajadas de los nazis y atribuirlas inicialmente a cuatro descontrolados nos llevó a un enorme horror colectivo. Aprendamos algo, pues, de la Historia.

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