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Y Roque entró en su apartamento

Desde aquella noche de agosto de 2017 Roque ha viajado en varias ocasiones a Cambrils, pero alojándose en un hotel. La sola idea de ir a casa le producía infinita congoja

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

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ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

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¡Hola vecinos! La pasada semana Roque Oriol pudo entrar de nuevo en su apartamento de Cambrils. Y habitarlo durante tres días. Solo tres. Al tercero, por la tarde, regresó a Zaragoza. En los últimos cuatro años, desde agosto de 2017, Roque se ha sentido incapaz de volver a ver la segunda residencia que, con tanta ilusión, adquirieron su mujer, Ana María Suárez, y él hace casi cuarenta años. Incapaz de reencontrarse con tantos recuerdos, con las cosas de ella, con una vida anterior que ya es imposible. Desde aquella noche de agosto de 2017 Roque ha viajado en varias ocasiones a Cambrils, pero alojándose en un hotel. La sola idea de ir a casa le producía infinita congoja.

Aquella noche de agosto de 2017, Roque y Anamari habían estado de cena con familiares y amigos en un restaurante de la localidad. Celebraban el cumpleaños de Roque, con un día de retraso. El cumpleaños coincide con San Roque, cuando muchas localidades aragonesas se concentran en torno a sus fiestas patronales. Pero el 16 se jugaba un encuentro de la Supercopa de fútbol, un Real Madrid-Barcelona transmitido por TV, y los establecimientos hosteleros de Cambrils estaban al completo. Aplazaron el cumple al 17.

Tras la cena, tras apagar las velitas y formular un deseo, tras el «Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos cumpleaños feliz», tras el cava y las risas, los abrazos y los besos, Roque y Anamari con Alicia, hermana de Anamari, decidieron dar una vuelta por el Paseo de las Palmeras, a respirar la noche de la Costa Dorada, el mar, el fresquito. Y, entonces, ocurrió todo.

Lo que sucedió ya es sabido. Anamari, Alicia y Roque fueron embestidos por el fanatismo, la ignorancia, la guerra santa, lo más oscuro y vil de la humanidad, el mayor sinsentido de las religiones, de la geopolítica, de las mafias, de la delincuencia, del desarraigo, de la injusticia y de la incapacidad para entendernos.

Una célula yihadista del DAESH había sembrado el pánico en Barcelona y lo hacía también en Cambrils, cuando Anamari, Alicia y Roque, y otras personas, caminaban por el Paseo de las Palmeras. Anamari murió esa misma noche en el hospital Joan XXIII de Tarragona. Alicia y Roque resultaron heridos de gravedad. Roque Oriol necesita muletas para caminar, se fatiga mucho y algo se le oscurece en la cabeza y lo abruma cuando llega agosto.

Anamari superó un cáncer que le hizo sufrir durante algunos años. Había pasado por una intervención quirúrgica poco antes de la fatídica noche. No tienen hijos. Roque procede de Morata de Jalón, un pueblo de mil doscientos habitantes que visitaba a menudo con su mujer y en el que son muy queridos. Roque es profesional de la hostelería, ya jubilado. Alicia trabajó como cocinera en el colegio Sagrada Familia de Zaragoza. Ana Mari y Oriol formaban parte de la Asociación Vecinal del Barrio de Jesús de la capital maña. El barrio ha pedido al ayuntamiento que una de sus calles lleve el nombre de Ana María Suárez. Y así está previsto hacerlo por el consistorio.

Roque Oriol no muestra sino sincero reconocimiento a Cambrils, a pesar de no haber sido capaz de entrar en su apartamento en cuatro años hasta la semana pasada, esos tres días de primera inmersión física en los recuerdos que guarda el piso. El lunes estuvo con Camí Mendoza, la alcaldesa (ERC). «Me llama a menudo y se preocupa por mi salud», ha declarado Roque, conmovido.

El miércoles, cuando se acercó al memorial situado a la entrada del Club Marítimo para depositar unas flores, se encontró allí con el subdelegado del Gobierno de la Nación en Tarragona, Joan Sabaté, que le ofreció lo que esté en su mano hacer para ayudarle en cuanto necesite. Y muchas personas que lo vieron con su muleta y sus flores ante el memorial, no dudaron en mostrarle afecto, solidaridad, empatía.

La historia de Anamari y Roque es como la de tantas otras vidas truncadas por el terror orquestado desde las cavernas del mundo, que aún son muchas y revestidas de esperpénticos ideales o de intereses espurios o de las dos cosas a la vez. Unas vidas que acaban en tragedias insospechadas, inútiles y difíciles de superar. Imposibles de superar.

Únicamente sirve de refugio y alivio el amor, la comprensión de los entornos próximos: la familia, los amigos, los vecinos, las personas en las que nos reconocemos a nosotros mismos, los lugares que sentimos como propios. Roque volverá a Cambrils, al apartamento que compró con Anamari. Y acaso estará ya más de tres días. Camí, la alcaldesa, le llamará de vez en cuando para saber cómo va esa salud y ese ánimo.

Roque es un puma. Y, con humildad, lo agradece todo.

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