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¿Y ahora qué?

¿Vamos a seguir siendo cristianos de andar por casa, haciendo lo políticamente correcto?
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Luis este año decidió no ir en semana Santa de vacaciones a un lugar de ocio, como hacía todos los años. Pensó en recuperar el clima que recuerda de niño cuando en su pueblo iba con sus padres y abuelos a los actos y procesiones propias de esa semana. Decide irse a Castilla León y desde que llegó asiste cada día a todos los actos litúrgicos en diferentes iglesias, todas románicas, y a diversas procesiones.

Encuentra, sorprendentemente, las iglesias abiertas para visitarlas y en ellas orar en silencio para hablar con Dios, además observa que hay confesores para el que desee exponer sus faltas o sus preocupaciones. A Luis, le llega el mensaje de Jesús en las predicaciones, seguidas con atención por las personas que asisten. Observa la devoción, el silencio y el sentimiento del pueblo en los oficios y procesiones.

En alguna de las procesiones, al mirar al Cristo crucificado o a su madre, la Virgen, le parece que sus miradas le penetran, pero con mirada misericordiosa. Esto le remueve y le lleva a decidir confesarse, hace tiempo que no lo hacía, y posteriormente sale alegre con una sensación de libertad real.

Asiste a los oficios del viernes, pero en la adoración de la Cruz ve con esperanza y fe que Él resucitará en tres días como aseguran las escrituras.

Jesús resucita, pero en principio ni sus discípulos lo creen cuando las tres mujeres que se acercan temprano al sepulcro se lo comunican.

Al igual que en su vida pública, Jesús resucitado se les va apareciendo para darles pruebas de esa realidad, camina con los dos discípulos que van camino de Emaús y se lo demuestra, les hace ver que está vivo y si creen en Él tendrán vida eterna.

Luis, el Domingo de Resurrección, participa de la ceremonia, del rito de encender el Cirio Pascual, de la renuncia del pecado y de las felicitaciones de la Pascua entre los asistentes, es un día de alegría. La resurrección del Señor es una realidad central de la fe católica, y como tal fue predicada desde los comienzos del cristianismo hasta la actualidad, veinte siglos después.

Pero Luis se pregunta al igual que nos podemos preguntar todos: ¿y ahora qué? Nuestra misión como cristianos es proclamar esta Resurrección, que es nuestra redención, con nuestras palabras y sobre todo con las obras. Pero seamos sinceros con nosotros mismos y preguntémonos interiormente: ¿seré yo capaz de hacerlo?

¿Seremos capaces de ser valientes y proclamar lo que somos, dejaremos de tener rencor a los que no piensan como nosotros o nos han disgustado? ¿Vamos a dejar de juzgar a todos, sin mirarnos primero a nosotros mismos? Desde nuestra posición en la vida, de médico, político, industrial, futbolista, sacerdote... ¿vamos a compartir con los demás algo nuestro y mirar a los necesitados para ayudarles aunque solo sea escuchando sus problemas? ¿O vamos a seguir siendo cristianos de andar por casa?, haciendo lo políticamente correcto, en lugar de defender la vida, votamos la muerte, nos aprovechamos del trabajador, robamos con guante blanco, nos sentimos ídolos, o no somos pastores con olor a oveja. Somos fieles a nuestro cónyuge, en lugar de construir vamos a seguir destruyendo, no nos va a importar los masacrados por seguir a Jesús en Irak, Siria, etc. Seguiremos con nuestros egoísmos, nuestra soberbia, nuestro ego, nuestros prejuicios... Pero Luis y los demás piensan que, si seguimos como antes, ¿de qué ha servido la oportunidad de la Semana Santa?, ¿para hacer el papelón?

Analicemos cómo realmente somos, no seamos más fariseos que los que criticamos y todos hagamos por ser un poco mejores.

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