Opinión

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Creemos que hay silencios que pesan tanto como las bombas. Hoy, el silencio de gran parte de Occidente frente a lo que ocurre en Irán resulta ensordecedor. Miles de ciudadanos iraníes —mujeres, jóvenes, trabajadores— se manifiestan desde hace años reclamando derechos básicos, libertades civiles y dignidad. Lo hacen sabiendo que el precio puede ser la cárcel, la tortura o la muerte. Y, sin embargo, la respuesta internacional es tibia, calculada, casi incómoda. Como si esas vidas valieran menos o como si el miedo geopolítico justificara mirar hacia otro lado. Irán da miedo, sí. Es un país enorme, complejo, con un régimen autoritario profundamente arraigado y con capacidad de desestabilización regional. La experiencia de la invasión de Irak está ahí, como una herida abierta que recuerda los errores de la intervención militar y sus consecuencias devastadoras. Siria es otro espejo incómodo: una guerra interminable, millones de desplazados, una tragedia normalizada. Pero precisamente por esa experiencia acumulada, Occidente debería haber aprendido que no todo apoyo pasa por la invasión ni por las bombas. Existen la presión diplomática real, las sanciones selectivas contra los responsables, el respaldo explícito a la sociedad civil y, sobre todo, una coherencia moral que hoy brilla por su ausencia.

Resulta difícil no percibir una doble vara de medir. Cuando los muertos están en ciertos lugares, la indignación es inmediata, las portadas se llenan, los discursos se endurecen. Cuando los muertos son iraníes, el lenguaje se vuelve ambiguo, prudente, casi cobarde. Defender a los manifestantes iraníes no implica pedir una guerra, sino algo mucho más básico: no abandonar a quienes luchan pacíficamente por su libertad. La pasividad occidental no es neutral; es una forma de complicidad que la historia, como ya ha demostrado tantas veces, acaba juzgando con dureza. Luego diremos que los americanos todo lo solucionan invadiendo, pero lo cierto es que hemos dejado demasiado tiempo que un régimen asesino, quede impune.

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