Estoy sola en casa. Y es como si el silencio me devolviera la medida exacta de lo que soy. Abro la nevera, la cierro, vuelvo a abrirla. La alarma pita, me advierte, como si también la nevera quisiera recordarme que hay un límite incluso para el juego de demorarse en nada. Estar sola en casa no es ausencia, es presencia. Es tener la certeza de ocupar todo el espacio. Es decidir dónde va el sofá. Un día en la esquina al siguiente en medio del salón. Estar sola es hablar con las plantas. No es retórico. No conozco la retórica. Es saludar a un ser vivo con la esperanza de que sirva para alguna cosa. Estar sola en enero es estar más sola que nunca, porque enero es el mes más solitario del calendario. Estoy en casa, y ahora leo, como cuando tengo hambre sin poner la mesa, como cualquier cosa. Todo se vuelve distinto: los gestos se simplifican, los ritos se deshacen, las horas se abren. Y en ese espacio, sin testigos ni explicaciones, aparece algo que había olvidado: la absoluta evidencia del silencio. Estar sola, no es soledad. Es otra cosa. Tampoco tiene que ver con ninguna cursilería estilo new age de reencontrarse con una misma. Estoy harta de reencontrarme conmigo misma que ya me conozco mucho. Estar sola es saber lo importante que es tener compañía, lo importante que son los demás y la felicidad de poderlos echar de menos.