Opinión

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Conocí a Josefina Castellví en una de las salas que el viejo Hospital de Sant Pau tenía dedicadas a la recuperación del lenguaje tras un accidente neurológico. Yo estaba allí haciendo un trabajo junto a Antoni Ballester que había perdido la capacidad del habla tras un accidente vascular en Polonia. Antoni y Pepita (que era como llamaban a Josefina sus amigos) se hicieron íntimos amigos tras la primera expedición española a la Antártida en 1984. En esa primera campaña, estos científicos pusieron pie en el continente helado cumpliendo uno de los grandes sueños posibles. Luego, más tarde volví a coincidir con ella en Tírvia, en un pueblecito del Pallars Sobirà que tiene un pan maravilloso. En verano, los pueblos del Pallars son refugio de personajes interesantísimos, como ella. Luego algunos amigos de Barcelona resultaron ser sus amigos y uno de ellos, Albert Solé, realizó el documental Els records glaçats, en el que filmó su regreso a la Antártida a sus 80 años. Era bióloga marina, fumadora, bordadora, una mujer de un estilo bárbaro. Siempre he envidiado a quién ha conseguido realizar sus sueños, y Pepita Castellví era un ejemplo de ese estilo de mujer que supo ponerse el mundo por montera. Volveré a mirar el documental de Albert y miraré el dibujo de pingüinos que Antoni Ballester me dibujó hace 30 años. Cada vez que Josefina Castellví iba a verle le regalaba uno,

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