La Covid

| Actualizado a 10 enero 2022 05:29
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¿Cree que se debe proteger el catalán en las escuelas?


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Mi primera tribuna de este año debo dedicarla al Covid o a la Covid, que, como las grandes cosas en el mundo, no tiene claro a qué género pertenece. Que conste que no tengo ni idea sobre el tema, que algunos de mis títulos o profesiones (que aparecen bajo mi nombre) no me legitima lo más mínimo para tener más autoridad que cualquier otro. Vamos que soy uno más, aunque tampoco uno menos. Y, les confieso sinceramente, que esto de no ser nada y no tener más valor en mis argumentaciones que mi vecino de enfrente me hace sentir más libre que otra cosa. Sospecho que el presidente el Gobierno de España, o la presidenta de la Comunidad de Madrid o de nuestra Cataluña, tienen la misma idea que uno, es decir, que están al pairo, y dependen de los que les digan los asesores de turno (¡qué no se equivoquen!).

¿Qué tengo que decirles en mi condición de uno más? Lo mejor es callarse, porque es lo más honesto y es lo que voy a hacer. Me limitaré a reflejar lo que oído aquí y allí.

1. Uniformidad. Hoy por hoy vivimos en un lugar político que se llama, como se dice en los nuevos DNI, Reino de España. ¿Puede entender el ciudadano que aquí los bares estén abiertos y allí se cierren a cal y canto, que aquí cada uno campee como bien le parezca y allí no se pueda? ¿Qué diferencia hay entre Madrid y mi pueblo en Cataluña? Muchos consideran que es necesario (y sobre todo más útil) en esta cuestión (y también en otros muchas, como en materia impositiva) una respuesta única y que para eso tenemos un Estado. Bueno, dicen: es posible que sea más fácil y menos comprometido hablar de decisiones que tienen que ser consentidas por todos, pero esa actitud es en el fondo una falta total de responsabilidad de la persona que tiene a su cargo asumir precisamente esa responsabilidad.

2. Legalidad. Si se dan cuenta vivimos unos años en que la Ley, escrita con mayúscula o con minúscula, está en franca decadencia y no ocurre nada. Primero, fue saltarse, sin más, las normas que defendían la propiedad: podía justificarse si partimos de una idea social de la misma, pero iniciamos un camino directo a un agujero negro. Luego, o al mismo tiempo, en alguna parte se mantuvo que la ley y la legitimidad eran cuestiones distintas y acabamos con unos cuantos dirigentes políticos en prisión: puede justificarse de muchos modos, y así se ha hecho, pero me reconocerán que poner en duda la legitimidad del que dicta la norma es el principio del abismo.

Más tarde empezamos con decisiones del Tribunal supremo y del Tribunal Constitucional que consideraban que todo lo que se había hecho, durante muchos años era ilegal o no constitucional: nada que decir, para eso están los tribunales de justicia (¡no faltaría más!), pero el ciudadano de a pie le empieza a dar vueltas a la cabeza.

Y luego, como traca final de este mundo del absurdo jurídico, los Tribunales han resuelto (y seguro que con exactitud) que el Gobierno de la nación no había dictado jurídicamente las normas adecuadas para combatir la pandemia y ha procedido a anular las sanciones dictadas. No pongo en duda lo correcto legalmente de estas decisiones (soy jurista), pero no me digan que no es para cabrear o desorientar al personal.

Y por último vino «el pasaporte covid» y tantas otras idioteces (¡perdón, nuevamente¡) que convierten toda la legalidad vigente en una absoluta comedia del absurdo. Y que empiezan a ser clara y ostensiblemente no obedecidas. Si los gobiernos siguen por este camino se pueden encontrar con una población que les digan más tarde o más temprano, con las manos en el lugar que corresponde, «¡turulú!»

3. Aceptación. Llevamos casi dos años aguantando lo que nos dicen. Los españoles hemos demostrado que somos más disciplinados que los alemanes, que ya es decir. Nos han dicho que no salgamos de casa y lo hemos aceptado sin rechistar, que no nos reunamos, y lo hemos obedecido; que no hagamos tal cosa y tal otra, y hemos dicho que de acuerdo; que nos vacunemos y hemos ido corriendo. Hemos aceptado lo que nos han dicho. ¡Hola! ¡Un diez!

¿Pero, hasta dónde? La última variante del virus, con su exponencial crecimiento, nos lleva a que aceptemos, no ya las normas que nos imponen, que cada vez, como hemos indicado, parecen más absurdas; sino la propia enfermedad, como una más de nuestro entorno con la que para bien o para mal tenemos que acostumbrarnos a convivir (aunque nos lleve a la tumba a unos cuantos). Es lo que vienen haciendo durante siglos muchas comunidades en el mundo con otras enfermedades sin que se les caigan los anillos.

4. Cambios. La pandemia ha introducido en estos dos años importantes cambios en nuestro mundo. La cita previa, el trabajo en casa, la comunicación telemática, seguramente han venido para quedarse. La soledad, el aumento de las enfermedades mentales, los suicidios, la falta de actividad de muchos trabajadores o estudiantes que se han acostumbrado a una situación pasiva, son las contrapartidas a un mundo mucho más solitario.

5. Esperanza. A pesar de todo lo que he oído por ahí y por allá, a pesar de todos los inconvenientes que se han derivado y que se derivarán de esta situación, conservo la esperanza en que toda esta experiencia nos llevará a un mundo mejor (aunque posiblemente distinto) del que hasta ahora hemos conocido. Por lo menos, tenemos que empezar este año del 2022 con esa esperanza.

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