ACarolina, llamémosle Carolina, le gusta la fiesta como a nadie. Es lo que tienen los caribeños y lo que nos envidian los europeos del norte a los de la Europa soleada: con un puñado de cacahuetes y unas palmas convertimos la vida en alegre pasacalles.
La conocí en la universidad hace unos meses. Había huido de Venezuela tras firmar un atrevido manifiesto por la libertad de los presos políticos en su país. Hay casi novecientos todavía, según varias organizaciones de Derechos humanos, y algunas esperanzas renovadas de que el chavismo se vea obligado a liberarlos. No parece que en Washington, sin embargo, preocupe nada más que el petróleo.
Carolina es hija de catalanes que huyeron de la miseria española en los años 50 y encontraron en Venezuela la tierra prometida, un país que era, sigue siéndolo, inmensamente rico en recursos naturales; y, además, entonces, una democracia más o menos habitable entre dictaduras. Pero es que en España teníamos la nuestra y aún duraría 30 años más.
Hace 27 años
–Chávez llegó al poder en 1999– que Venezuela sufre un régimen represivo
Me lo cuenta porque he reencontrado su teléfono en el mío tras el caracazo de Trump y ella es una entrevista oportuna. Estudió en una buena –y gratuita– universidad venezolana, como tantos paisanos suyos entonces, incluidos muchos muy pobres. Empezó a trabajar enseguida en una multinacional donde en los 80 cobraba sueldos muy superiores a los españoles. Carlos Andrés Pérez había formado un eficiente gobierno de tecnócratas.
Pero hay países, como hay personas, que cuanto más tienen peor lo gastan y el suyo, nadando en petróleo acabó ahogándose en la corrupción y la desigualdad.
Me cuenta cómo a finales de los 90 todos, incluidos respetados hombres de negocios, descubrieron en Hugo Chávez, aquel militar salido de los suburbios, a un líder preclaro del que ella, en cambio, siempre desconfió. Chávez arrasó en las urnas y tras nacionalizar el petróleo lo partidizó para convertirlo en el eje vertebrador de su régimen y sus adhesiones. Empezaron las primeras represalias de los que no le hacían la ola.
La economía, porque la prosperidad suele ir de la mano de la libertad, se resintió. Los sueldos venezolanos dejaron de ser la envidia de Latinoamérica y las inmensas riquezas del país pasaron a emplearse en dar más poder e influencia al chavismo.
Los paramilitares chavistas están peinando las calles en busca
de «traidores»
Hace 27 años –Chávez llegó al poder en 1999– que Venezuela sufre un régimen represivo. Y que millones de venezolanos, miles en Catalunya que ahora se manifiestan, han tenido que abandonar, como Carolina, su país.
Carolina se doctoró en una de nuestras universidades y sigue ejerciendo la docencia en una de ellas. Se ha casado con otro venezolano y ayer pasaron la noche sin dormir pendientes de los móviles y de sus familiares en Caracas y Barcelona, porque hay una Barcelona venezolana y ahora también doliente.
Interpreta lo vivido en las últimas horas como una traición desde el corazón del régimen al propio Maduro en connivencia con Washington. «Y la gran judas traidora –apunta– es la ya investida presidenta Delcy Rodríguez, pero ha tenido la mala suerte de que el emperador al que ha vendido a su líder sea Trump, entre cuyas virtudes no está la discreción. Por lo demás, la líder de la oposición y premio nobel María Corina Machado carece –en eso acierta también Trump– de ascendiente sobre el pueblo y los militares que no le tienen el mínimo respeto». Y me va contando hasta que le digo que si le importa que lo publique y, muerta de miedo, me avisa de que los paramilitares si la leen, pueden matar a su familia.
Al oírle pensé que exageraba, pero al cerrar esta crónica leo que los paramilitares chavistas rifle en mano están peinando las calles en busca de traidores. Te guardo la identidad, Carolina, mucha suerte. Y encantado de compartir país contigo.