Cuando la polarización ideológica perfora el sustrato de la política e impregna la vida cotidiana de la sociedad es, a menudo, la antesala de una herida mucho más profunda que toma años en suturar. Hablo de la tensión que se genera en una reunión familiar o de amigos cuando sale a relucir la política. Ante esta situación, existen dos vías: o se debate acaloradamente, o se opta por el silencio, por evitar el tema. Esta última es la vía más peligrosa de todas porque significa que la disputa ha pasado de lo racional a lo emocional. Y ahí, por desgracia, no hay punto de encuentro.
Esto es exactamente lo que está pasando ahora mismo en varios hogares de Estados Unidos, según me han contado los estadounidenses con los que he tenido la oportunidad de hablar en Viena en las últimas semanas. La ejecución de los dos ciudadanos americanos en las protestas contra ICE en Minneapolis ha sido un catalizador que ha inhibido el debate político en el seno familiar y, a su vez, revitalizado una movilización social con la que, en mi opinión, Trump no contaba. Y no porque no esperara protestas en las calles, sino porque dicha movilización no responde (de momento) al carácter violento que intenta provocar y que legitime (a ojos de los MAGA) el despliegue del ejército y su policía patriótica en las ciudades y estados demócratas. De hecho, ese sería el mejor escenario para el presidente americano, ya que representaría la oportunidad perfecta para mantener la presencia de los militares y el ICE en las calles hasta las elecciones de mitad de mandato en noviembre y, así, ‘garantizar la seguridad’ de los comicios. Una estrategia que, en realidad, busca atemorizar e intimidar al votante demócrata.
Donald Trump no contaba con la resistencia pacífica de sus propios ciudadanos
«La manipulación de las elecciones ya ha empezado», me contaba una estadounidense experta en políticas de libertad de prensa. Las evidencias apoyan esta hipótesis: desde redibujar el mapa electoral hasta requerir información privada de las personas inscritas en el censo electoral en 43 estados. «Son medidas intimidatorias», me explicaba.
Sin embargo, como decía, Trump no contaba con la resistencia pacífica de sus propios ciudadanos a través de diversas actuaciones. Por un lado, poniendo presión a las empresas estadounidenses que están apoyando abiertamente la presidencia del magnate inmobiliario. Con la etiqueta #unsubscribe, miles de estadounidenses están cancelando sus cuentas en Amazon, ChatGPT, Spotify, etc. También están reaccionando con humor. Inspirados por el bochorno que supuso la ‘entrega’ del Nobel de la Paz de la opositora venezolana María Corina Machado a Trump, cientos de ciudadanos están enviando a la Casa Blanca los trofeos que ganaron en su infancia.
Miles de estadounidenses cancelan sus cuentas en Amazon, ChatGPT, Spotify, etc.
Más allá de todos estos actos simbólicos, la deriva autoritaria de Trump empieza a tener sus consecuencias en las urnas. Por ejemplo, el demócrata Taylor Rehmet logró una victoria histórica el pasado 31 de enero al ganar el Distrito 9 del Senado de Texas, un bastión republicano que Donald Trump había ganado por 17 puntos en las pasadas elecciones a la presidencia del país. El resultado no es un hecho aislado, sino que forma parte de una tendencia reciente donde los demócratas han superado con creces las expectativas en comicios similares celebrados en territorios profundamente republicanos durante 2025.
La pregunta que surge ahora es si la gente confiará en el resultado que surja de las urnas el próximo mes de noviembre, unas elecciones clave que pueden suponer un dique de contención a la agenda ultra del presidente y sus acólitos. Es un escenario muy complejo ya que Trump ha conseguido erosionar tanto las instituciones que ahora todo el sistema se enfrenta a una crisis de confianza. Esto tendrá consecuencias directas en estos comicios, donde los sondeos indican que el MAGA perdería su mayoría en el Capitolio. Así pues, estaríamos ante dos posibles escenarios: si las elecciones se celebran y Trump pierde, el movimiento MAGA alegará que han sido manipuladas, como ya ocurrió en 2020. Pero si gana, más de la mitad del país alegará que no se votó en libertad. Así que, el riesgo real es que nadie confíe en el resultado, abocando al país a una parálisis y dejando el futuro de la democracia de Estados Unidos en un territorio desconocido.