El 24 de noviembre de 1992, durante su discurso en Londres para celebrar el cuarenta aniversario de su coronación, la Reina Isabel II reconoció que, en los tiempos venideros, no recordaría ese año con demasiado deleite. «En palabras de uno de mis colaboradores más comprensivos, ha resultado ser un Annus Horribilis», dijo la reina. 1992 fue, ciertamente, un «año horrible» para la reina, con múltiples escándalos que salpicaron a la corona británica –y no serían los últimos–.
Para empezar, el tercer hijo de Isabel II, hoy desposeído de su título de Duque de York por sus vínculos con el pederasta Jeffrey Epstein, inició sus públicos problemas matrimoniales con Sarah Ferguson, de la que se divorciaría en 1996. La princesa Ana, su segunda hija, se divorció de su marido, Mark Phillips, ese mismo año. Y los problemas de pareja entre el principe heredero y actual rey de Inglaterra, Carlos, y su mujer Diana, eran carne de paparazis desde hacía tiempo... Y así seguiría hasta su separación en 1996 y la muerte de la princesa del pueblo en 1997. Para colmo, el 20 de noviembre, pocos días antes del discurso de la reina, un incendio en una cortina arrasó parte del Castillo de Windsor, una de las residencias de la familia real. Así las cosas, la locución latina «annus horribilis» pronunciada por la Reina causó sensación en Inglaterra y, aunque era ya conocida desde los clásicos, ganó en popularidad y hoy es de uso común.
Salvando las distancias con las desgracias de Isabel II, lo vivido estos días en el sistema ferroviario español y catalán es para acuñar el término «septimana horribilis». Pero de verdad. Estoy convencido de que a los responsables de Renfe, Adif y Rodalies, y a los del gobierno central y catalán –Puente y Paneque–, estarán conmigo: ha sido una semana horrible. Y eso solo pensando en la operativa y las incidencias. Lo peor, sin duda, ha sido la pérdida de vidas humanas. Una semana para olvidar.