Opinión

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Debo reconocerles que tengo especial predilección por los Estados que no existen, es decir, aquellos Estados que no han sido reconocidos por ningún país de la ONU. Hay unos cuantos. Somaliland o Somalilandia lo era hasta que hace unos días Israel ha procedido a su reconocimiento formal, dando lugar a una repulsa generalizada de la comunidad internacional, especialmente por parte de Somalia que considera que es parte suya y está bajo su soberanía. Lo curioso de los Estados que no existen en que tienen su territorio, sus autoridades locales, su ejército y policía, su derecho propio, y en general, en mayor o menor grado, todos los atributos propios de los otros. Hay otros Estados que únicamente existen en la mente de algún político.

Lo que conocemos actualmente como el Estado de Somalia estaba integrado por dos territorios sujetos a dominio colonial. Ambos consiguieron la independencia. El día 26 de junio de 1960 Somalilandia se convirtió en un Estado independiente reconocido por una treintena de Estados. Sin embargo, el día 1 de julio de 1960 se unió a la parte italiana para formar un nuevo Estado. Fue seguramente una mala elección. Somalia estalló como Estado y se convirtió en un agujero negro que todavía persiste.

El 18 de mayo de 1991 Somalilandia declaró unilateralmente la independencia y se separó. Ningún Estado y ninguna organización internacional lo había reconocido hasta ahora, ni siquiera su antigua potencia colonial, a pesar de algunos intentos frustrados, el último Etiopía, que por otra parte mantiene desde hace años una especie de representación diplomática de facto en el país.

Tiene una extensión aproximada de 137.000 kilómetros, una población que supera los cuatro millones de personas y más dromedarios que en ningún lugar de la tierra. Su capital pasa del millón de habitantes y es una de las pocas capitales del mundo en que no hay nada que ver, ni propiamente nada que hacer, salvo dejar pasar el tiempo, lo que es uno de las actividades más agradables.

El periodista Luis Pancorbo en un libro publicado hace unos años (Al sur del Mar rojo. Viajes y azares por Yibuti, Somalilandia y Eritrea) nos dice que es un «país que envuelve al viajero en la soledad más radical. Uno torna a estar desnudo entre el cielo y la tierra, como si regresara de repente a uno de esos estadios alegales del planeta».

Hace un tiempo escribí en el Diari un artículo sobre este curioso país, con ocasión de una visita que acababa de hacer con dos objetivos muy concretos que cumplí en parte: recorrer la ruta de las caravanas de esclavos y armas que iban desde Berbera, en la costa de Somalilandm, hasta Harar (ya en la actual Etiopía) y ver uno los lugares de pinturas rupestres más espectaculares de Africa.

Escribía entonces que para que un país fuera tal, al margen de los reconocimientos formales, tenía que cumplir varios requisitos. Debe tener una frontera y un sistema de acceso y control; unas fuerzas armadas; un gobierno y a ser posible unas elecciones democráticas que permita sustituir al dirigente máximo y al partido en el poder: una moneda y unas instituciones financieras. Finalmente ha de ser viable económicamente y debe tener sus sus funcionarios y profesionales independientes.

En mi visita al país pude comprobar que Somalilandia cumplía con estos requisitos. Posiblemente mucho más que otros Estados existentes, sin perjuicio que es uno de los países más pobres del planeta. Incluso desde el punto de vista político puede observarse que desde su declaración de independencia, Somalilandia ha tenido varias elecciones, consideradas para los estándares africanos razonablemente democráticas, y ha habido una verdadera alternancia de poder. A diferencia del Estado de Somalia que ha sido considerado muchas veces como un Estado fallido, Somalilandia es un Estado que simplemente no ha sido reconocido como tal por la comunidad internacional.

Paralelamente al reconocimiento de Somalilandia se han producido otros cambios recientes en la zona. Yemen está a punto de desintegrarse y volver a la existencia dos Estados (Yemen y Yemen de sur), hasta el punto que Arabia Saudita ha dado un ultimátum a EAU para que retire su apoyo a los separatistas yemenitas. Algo se está moviendo aquí como en otros lugares del planeta. La teoría del caos, propuesta por los ideologos rusos, para explicar los cambios geo estratégicos actuales no es del todo desacertada.

Terminaba mi artículo publicado con unas consideraciones que siguen siendo ciertas. Su falta de reconocimiento puede encontrarse en el terror que inspira en el orden internacional romper las fronteras existentes y la fuerza perturbadora del tal hecho. No obstante, en el derecho internacional el precedente se erige muchas veces como una verdadera norma a tener en cuenta: a favor de su independencia juega que durante unos días en los años sesenta lo fue, que fue reconocido por un buen número de Estados, y también, que su unión fue un acto voluntario.

El futuro está por escribir en toda esta zona, como en muchas otras. Frente a la división y la segregación nos encontramos con la fuerza contraria, que propone la Gran Somalia, que se extendería al norte de Kenia, a Djibuti, al sur de Eritrea y al Ogaden etíope, amenazando las fronteras de Estados existentes. Resulta todavía más perturbadora que la segregación.

Nada más producirse el reconocimiento de Israel, Carlos Puigdemont publicó en internet: «Congralutations to Somaliland for its first international recognition. May it be the first of many. Somaliland has right to self determination and you´ll always find support for your cause in Catalonia». Siempre me ha sorprendido la capacidad que tienen algunos de hablar en nombre de todos. Me ha recordado una columna de Josep Correal que con el título de ‘Catalilàndia’ acababa diciendo que comparar Somalilandia con Catalunya no nos iba a reportar nada beneficioso.

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