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Cuentos de Bagdad

| Actualizado a 23 septiembre 2022 07:00
Martín Garrido Melero
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Bagdad es la cuna donde se recopilaron Las Mil y una noches. Nada queda hoy día de este período, pero todavía pervive ese mundo entre la fantasía y la realidad que impregna toda la obra. Les contaré algunos cuentos que a su vez me contaron en sus calles. Dejo a su buen criterio que busquen en ellos la verdad.

Me he hospedado en el Hotel Mansur, quizás como represalia porque mis amigos, partidarios del clérigo chiita Múqtada al Sadr, no han venido a buscarme al aeropuerto. El nombre del hotel recuerda al segundo califa abasí, constructor de Bagdad a mediados del siglo VIII. El historiador Hugh Kennedy (La corte de los califas) nos narra un cuento que circulaba por la ciudad en su tiempo. Cuando Mansur volvió por tercera vez a La Meca dejó la llave de sus aposentos privados a una sirvienta, con la orden de que uno de ellos sólo fuera abierto después de su muerte, como así ocurrió. Su sucesor abrió la habitación misteriosa y encontró un montón de cabezas con etiquetas en que constaba el nombre del muerto, todos pertenecientes a la familia de Alí (yerno y primo de El Mensajero, casado con su hija Fátima, cuarto califa, primer imán de los chiíes). La división entre los chiitas y los sunitas no se había producido en el fondo todavía pero ya empezaba a gestarse un odio personal.

Dicen que en cada casa de Bagdad hay la fotografía de un mártir. Pero no solo en las casas, también en los cementerios

Paseando por una calle, mis acompañantes me cuentan que durante la guerra (ya no importa cuál) era el límite entre las dos comunidades. Y añaden: cuando alguien quería pasar por ella, lo primero que hacíamos era preguntarle el nombre de los Doce Imanes, y si no lo sabían, disparábamos, porque cualquier niño chiita sabe perfectamente esos nombres y no había duda de que estábamos ante un enemigo. ¿Realidad o fantasía? Así es Bagdad.

Debo confesarles que aquella noche me aprendí, por si acaso, el nombre de todos ellos. Todos, menos el último, fueron asesinados por los omeyas o por los abasidas, todos, menos el último, nacieron en Medina. El último (Muhammad ibn al Hasan o Abu Qasim o Al Mahdi) fue el único que nació fuera de Medina (en Samarra), pero no pudo ser envenenado, simplemente porque desapareció y está vivo y oculto. Según la tradición aparecerá el día menos pensado para impartir justicia. La milicia militar de Al Sdar, luego disuelta, tenía ese nombre tan significativo.

Mis acompañantes me llevan a Kadhimiya a visitar dos tumbas. La del séptimo Imán, envenenado por orden de Harun al Rashid de las Mil y una noches, y la del noveno, también envenenado por orden del califa Al Mutasim. Son los únicos Imanes enterrados en Bagdad.

Jon Lee Anderson (La caída de Bagdad), uno de los mejores periodistas de guerra, es testigo en dicho lugar de esta conversación. «Le pregunté qué pensaba de la promesa de Paul Bremer de capturar o matar a Múqtada al Sadr y de la descripción que había hecho de él como forajido. Respondió: Múqtada al Sadr no es un forajido. Bremer sí lo es. Sadr es iraquí, Bremer no lo es. Quizás nosotros le capturemos a él. Si intentan hacerlo, irán a parar al infierno. Un joven de mirada intensa sentado junto a Raed se inclinó para decirme: Todos somos Múqtada al Sadr».

Mi visita es mucho más tranquila que la de Anderson. No obstante, un control militar (de algún ejército) impide el paso de nuestro vehículo y nos obliga a bajar. Mis acompañantes no están de acuerdo, empieza una bronca, que va subiendo de tono, y que puede acabar en cualquier cosa, algunos militares se desentienden y prefieren dejarlo pasar, otros no. Al final, aparcamos fuera del recinto, donde hay que pagar por hacerlo. «Todo es corrupción, se quedarán con el dinero», dicen. ¿Realidad o fantasía? Así es Bagdad.

Dicen que en cada casa de Bagdad hay la fotografía de un mártir. No puedo asegurar que así sea, pero las he visto. Pero no solo en las casas, también en los cementerios, en el camino de Nayaf a Kerbala durante la peregrinación del Arbain. Son chicos muy jóvenes que portan con orgullo un arma o están subidos en un tanque. Pero, ¿contra quién luchaban? ¿qué defendían? ¿lo sabían ellos? Casi es mejor no preguntar. Tener un mártir en la pared de tu salón expresa igualmente una fantasía y una realidad de la familia. Así es también Bagdad.

Tener un mártir en la pared de tu salón expresa igualmente una fantasía y una realidad de la familia. Así es también Bagdad

El partido del clérigo Al Sder (o al Sáder) se alzó con una exigua mayoría en las últimas elecciones (2021), completamente insuficiente para formar gobierno. Sus partidarios han cercado el Parlamento, y a finales del mes pasado, han asaltado varios edificios (entre ellos la jefatura del Gobierno) que se sitúan en la Zona Verde (así conocida porque era donde estaban las autoridades americanas durante la invasión). Ha habido varios centenares de heridos y decenas de muertos.

El 6 de septiembre de este año el Tribunal Constitucional de Irak ha rechazado la petición de disolver el Parlamento. El presidente del Estado ha considerado que quizás un medio de salir del punto muerto en que se encuentra el país sea la convocatoria de nuevas elecciones parlamentarias. El presidente del Gobierno (al que han intentado asesinar mediante drones dirigidos a su residencia) ha convocado una mesa de diálogo con el fin de intentar llegar a una salida. El Papa se ha mostrado muy preocupado por la situación en Irak. Los países occidentales han señalado el grave riesgo de que el país se desintegre en diferentes bloques y se cree un agujero negro que afecte indirectamente a todo Oriente Medio.

Una vez más todo está a punto de saltar por los aires... y, sin embargo, nada ocurre.

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