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La esfinge monclovita

| Actualizado a 05 octubre 2022 07:00
Nàrdiz
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Estaba yo el otro día en el Forn Sant Salvador que hay en la playa de Vilafortuny (gaviotas en el cielo, olas deshaciéndose agotadas contra la arena, turistas ingleses rojos, alegres y borrachos) tomando un cafelito y leyendo un librote de 600 páginas sobre la Revolución y la Guerra Civil rusas cuando, de pronto, escuché una alarma en el móvil. Al comprobar su contenido, descubrí que se trataba de un aviso sobre la nueva serie documental de Pedro Sánchez. Era el tráiler. Dos o tres minutos en los que se veía al Presidente del Gobierno ejerciendo sus funciones institucionales, reflexionando sobre lo divino y lo humano y paseando a sus perros en la intimidad de los jardines de la Moncloa.

Mi primera reacción fue pensar qué clase de algoritmo domina mi teléfono para que, mientras yo leo sobre las matanzas sin fin de los bolcheviques, él llegue a la conclusión de que es el momento perfecto para asaltarme con un vídeo corto de onanismo político con financiación pública. ¿Quizá el micrófono del aparato dedujo de mis ruiditos satisfechos al tragar café que mi mañana requería con urgencia una dosis de Pedro Sánchez? Un razonamiento algorítmico del tipo de: tras descubrir las originales formas en que Lenin y Trotsky reducían el censo ruso, este caballero lo que necesita es conocer los entresijos del desayuno del Presidente del Gobierno. Puede ser. A lo mejor la cámara del móvil me espió al enterarme de lo poco épica que fue la toma del Palacio de Invierno y el algoritmo concluyó que, si me trago semejante ladrillo, por necesidad me he de tragar al Presidente riéndole las gracias a su decrépito homólogo estadounidense.

Los gobernantes son administradores de la cosa pública. En una democracia no son nuestros amos, como lo eran los reyes de antaño

El caso es que vi el vídeo. Atento a los enfoques épicos. A la narrativa propia de los grandes acontecimientos. Al placer satisfecho y complaciente que envolvía cada uno de los planos. Tras verlo cerré mi libro. Inmediatamente, dos preguntas me asaltaron: ¿qué demonios acabo de ver? ¿Quién es ese señor que protagoniza lo que sea que acabo de ver?

La primera pregunta tiene respuesta fácil. Lo que acababa de ver era un ejercicio de pornografía política. El intento teatralizado y completamente forzado de mostrar las intimidades de una persona cuyas intimidades no deberían importarle a un ciudadano mínimamente normal. Seamos sinceros, lo que atrae de un documental como ese no son los momentos públicos, sino los privados. Nuestra curiosidad no cae en el político, sino en el hombre. Pero es que el hombre nos debería dar igual. Los gobernantes son administradores de la cosa pública. En una democracia no son nuestros amos, como lo eran los reyes de antaño. Son simples empleados públicos elegidos por votación popular para llevar a cabo un programa político. Una sociedad desarrollada ha de mostrar interés por dicho programa, pero no por la vida personal del señor o la señora que lo desarrolle. A mí, que Pedro Sánchez sea un padre cariñoso o un fetichista enajenado me da exactamente igual. Lo único que quiero de él es que cumpla su deber dentro del marco que imponen la Constitución y las leyes. La fascinación por los titulares del poder es propia de sociedades primitivas, de legitimidad carismática, que diría aquel alemán con nombre de marca de barbacoas, pero no de gente civilizada. No me interesa Pedro Sánchez como persona. No me interesa su vida privada. No me interesan sus sentimientos. No me interesan sus aficiones. No me interesa nada de él salvo su rol profesional, que haga su trabajo, que gaste el mínimo dinero posible en hacerlo y que, cuando los ciudadanos dejen de apoyar su programa, se retire silenciosamente.

Pedro Sánchez se escurre entre nuestras manos lanzándonos nubes de tinta detrás de aparentes muestras de exhibicionismo

La segunda pregunta es más difícil de responder. Porque, vale, no debería interesarnos quién es a nivel humano el Presidente del Gobierno, pero, ¿y si sí nos interesara? ¿De verdad con este documental sabríamos quién es? En absoluto. Como si de calamar socialdemócrata se tratara, Pedro Sánchez se escurre entre nuestras manos lanzándonos nubes de tinta detrás de aparentes muestras de exhibicionismo. Nadie sabe quién es Pedro Sánchez. Y la perturbadora sensación de que no tenemos ni idea de quién es la persona que nos gobierna no se limita al ámbito de su privacidad, sino también al de su ideología política. Agazapada tras sus ademanes cordiales, emerge su mirada fija que no parpadea. Detrás de su cálida sonrisa, cruje aterradora la presión bruxista de su mandíbula. Escondidas en su discurso tolerante, se escuchan gélidas sus palabras indiferentes a la muerte de decenas de migrantes junto a Melilla. Pedro Sánchez es la esfinge monclovita. La estatua que nos mira y ve el infinito a través nuestro. ¿Cuál es el secreto de la esfinge? Quizá, como dijera el buen cuentacuentos inglés, su secreto sea que, detrás de la máscara, la esfinge no guarda secreto alguno. Y eso sí que da miedo.

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