Un paseo por el amor y la muerte

Lo que nos estimamos es realmente lo único que poseemos y reconforta declararse incluso a un cactus.  Con el confinamiento y la distancia parece que la gente se haya alejado del prójimo

18 febrero 2021 09:20 | Actualizado a 18 febrero 2021 09:56
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La guerra mundial no va bien, la tercera ola desciende, pero es triste despertarse cada mañana con el abrumador número de bajas por la Covid-19 (15.000). La media de edad de los caídos es elevada (unos 80 años) aunque los medios de comunicación no suelen proporcionarla.

Las vacunas, o no sirven para sus mutaciones, variantes, cepas o linajes, algunas muy infecciosas, o pierden mucha eficacia. Y a la vista de lo que tardarán en adaptarlas es como regresar a la casilla de salida.

Hace unos días di un paseo por el amor y la muerte, una novela, de Hans Koning, que cuenta las aventuras de un joven francés viajando por una Europa devastada durante la Guerra de los Cien años. En un campo, apenas dos semanas antes cubierto por la nieve, me detuve delante de un solitario almendro valiente que ha florecido, prefiriendo arriesgarse al azote de una eventual helada, que a las durísimas sequías del verano mediterráneo. Y cuyas flores blancas anunciaban espléndidas la misma estación primaveral que, hace un año, coincidió con el inicio de esta pandemia.

La primavera representa la juventud eterna, fue como esnifar polen, una dulce droga que activa las neuronas – espejo de la empatía y excita un profundo deseo de abrazar. Y su primera consecuencia se produjo en la oficina. Le pregunté a una colaboradora: «Eloisa, ¿usted, me quiere?» Y tras un conato de encanarse envarada por la risa, le aclaré: «Me refiero a si me quiere un poquito».

Tomando algo, le conté a unos amigos lo de la colaboradora para participarles también mi aprecio. Y pagando, al barman, lo de la mesa, por agradecerle su afecto cuando me invita a una caña. Por la tarde, en el supermercado, fue a un vecino que compraba lácteos a quien le pregunté de sopetón si me quería. Me intentó retirar la mascarilla y yo le dije que por qué debíamos conocernos para responder a esa sencilla cuestión. ¿Sí o no?

Los pajaritos cantan, las nubes se levantan y, al aparecer el arcoíris, ya en la masía, envié un correo electrónico a todos mis contactos (incluso fallecidos) para hacerles saber, simplemente, ‘Os quiero’.

Aunque alguno se lo ha tomado a mal, la mayoría ha deducido lo de Eloisa y el almendro, saltándose a los amigos, el barman y el operario. Y han atribuido el empalagoso estado filantrópico al cóctel de la primavera (el amor) y la pandemia (la muerte).

Los árboles florecen como nunca el año que presienten el frío que los aniquilará y, como esta noche puede helar, me siento a escribir para proclamarles mi amor incondicional, sobre todo a usted. Y sugerirle continuar con la cadena y le diga te quiero al primer desconocido con quien se cruce, aún a riesgo de que le suelte un sopapo. Por si las moscas. Lo que nos estimamos es realmente lo único que poseemos y reconforta declararse incluso a un cactus.

Es cierto que a los malajes les da lo mismo si hay pandemia para seguir jodiendo a sus semejantes como si no hubiera un mañana, con el confinamiento y la distancia parece que la gente se haya alejado del prójimo. Pero prueben incluso con sus peores enemigos (necesitamos hasta los residuos de amores que dolieron) y verán lo receptiva que está, en general.

Hace pocos días el diario The Boston Globe publicó un artículo, Vaccinate the youngest first, en el que proponía invertir el orden de vacunación aceptando, por el bien común, el riesgo de sacrificar a muchos más ancianos. Produce orgullo pertenecer a un mundo donde se los respeta y una gran ternura ver vacunar estos días a los mayores de ochenta años. Aunque hay lugares, como Indonesia, que comienzan por los trabajadores que propagan la enfermedad y consideran causantes de sus contagios.

A pesar de que hay algunos países, Dubai, donde vacunan cobrando 50.000 euros, el contrato de cesión del turno de vacunación no está en el comercio de los hombres.

Muchos con la vida por detrás pospondrían gratuitamente el rango en beneficio otros seres queridos que la tienen por delante. Y en esta pandemia ya solo nos falta ver a un abuelo, adicto al polen, haciendo sonar las maracas con los pastilleros y cantando a los cuatro vientos que renuncia a su dosis.

El joven protagonista de Un paseo por el amor y la muerte encuentra un amor que, en ese contraste de guerra y destrucción, brilla como el almendro, espléndido. Del mismo modo que la pandemia realza los comportamientos misántropos de aquellos con quienes no se puede contar.

Los hospitales buscan plasma de infectados para salvar a los más mayores. Y vayan, pues se la deben. La gripe española de 1918 se ensañó con los jóvenes, y sucedió que la sangre vieja curó a algunos en la tercera y última ola, que se fue como vino, un año después de la primera, sin saber por qué.

La pandemia nos deja historias humanas que ponen la piel de gallina al muy apreciado director de este diario. Dereck y Margareth, de 91 años, en camas contiguas de un hospital, cogiéndose de las manos mientras la vida se les escapa. O como en la novela en la que la pareja de tortolitos, asediada en un castillo, aguarda serena la llegada de su fin, extrañamente felices.

Juan Ballester: Escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

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