¿Y si escogemos no llevar a nuestros hijos al instituto en septiembre?

No es alarmismo, pero hoy por hoy no podemos eludir que las escuelas se pueden convertir en un vector de transmisión
 

| Actualizado a 25 julio 2020 09:18
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¿Cree que se debe proteger el catalán en las escuelas?


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Ustedes me conocen como el humorista de la contraportada del Diari. Hoy escribo además como profesor de instituto y como padre. A veces, el chiste se queda demasiado pequeño para explicar todos los matices.

La crisis por el coronavirus plantea preocupaciones a las familias ante la vuelta a clase. En secundaria, el Departament d’Educació propone una vuelta donde se permitirán 25 o más alumnos, los llamados grupos estables de convivencia, dentro de los cuales no será obligatoria la mascarilla ni la distancia social. Tal cual.

¿Y si uno de ellos da positivo o algún miembro de su familia… o un profesor? Bien, se aísla al grupo estable. ¿Y los otros grupos siguen la clase normal? Bueno, se supone que no han tenido contacto entre ellos. Pero en las entradas y salidas del instituto y en la vida normal sí que tienen contacto ¿no? Bueno, podría ser. Entonces, ¿confinamos a todo el instituto? ¿A las familias?…

Demasiadas preguntas que se responden con puntos suspensivos. ¿Para qué servirán los esfuerzos durante meses para limitar nuestra vida social y familiar si en septiembre nuestros hijos se van a pasar esas horas en espacios cerrados con compañeros de los que desconocemos su responsabilidad con el virus? La Universidad de Granada hizo público un estudio en junio en el que afirmaba que 20 niños en un aula suponían 808 contactos cruzados en dos días.

Lejos quedan ya las intenciones de 15 alumnos por aula y una formación híbrida entre presencial y en casa. El vicepresident del Govern declaró que «no habrá división entre formación online y presencial. La presencialidad será indiscutible y sin excepciones en la educación obligatoria». No hay duda de que la educación presencial es la más humana y pedagógica pero no perdamos de vista que estamos ante una situación excepcional con riesgo para la salud. Hoy por hoy no podemos eludir que las escuelas se pueden convertir en un vector de transmisión. No es alarmismo, es un escenario posible. Nosotros tenemos nuestra agenda pero el virus tiene la suya. El Covid no se ha enterado, por ejemplo, de que no podía hacer rebrotes hasta octubre tal como le indicaban los expertos.

Entiendo la enorme dificultad de tomar una decisión. Puedo comprender que se asuma como un mal posible que las aulas se conviertan en un posible foco de transmisión antes que bloquear el acceso al trabajo de los padres. Se trata del difícil equilibrio entre economía y salud. Seguramente muchos padres también están deseosos de poder llevar a sus hijos a clase después de tenerlos meses por casa.

No comparto esta visión pero puedo entender que dirigentes y familias se adhieran a ese razonamiento. Boris Johnson defendía al principio de la pandemia tesis parecidas hasta que se encontró a las puertas del paraíso y entonces suavizó su postura.

Bien, ¿y qué hacer? Hay quien propone parar las escuelas hasta que sepamos exactamente cómo afrontar este virus. O sea, no cruces un puente con grietas si en el autobús llevas 50 alumnos.

A mediados de mayo hice estas reflexiones al Departament d’Educació. Les planteé la posibilidad de que algunas familias consideraran la opción de no llevar a sus hijos a las aulas en septiembre. Imaginen una familia con dos abuelos de 80 años en casa. Algunos no perdemos de vista que la exposición del alumno a un posible compañero infectado tuviera un desenlace fatal en la familia. Desgraciadamente ese es uno de los riesgos que hay encima de la mesa. Ignorarlo sería una inconsciencia. El virus no se lee las directrices del PROCICAT, hace lo que le dicta su ADN. La directora de mi instituto planteó esta pregunta al Conseller y la respuesta fue clara: «¿Es secundaria?… pues la asistencia es obligatoria». Quizás sería deseable un criterio más flexible.

En el mismo escrito que dirigí al Departament (era mayo, cinco meses antes del inicio de curso) sugerí que se pudiera ofrecer una alternativa a las familias, una segunda vía. Se podría organizar una enseñanza online en secundaria. Había tiempo para montar un sistema de educación a distancia de calidad. También me puse en contacto con el Institut Obert de Catalunya (IOC) para ver si mi hijo podría cursar primero de bachillerato a distancia. Tienen los materiales y metodología preparados para ello. La respuesta fue que no, el IOC solo atiende a alumnos mayores de edad. Les solicité una posible excepción dadas las actuales circunstancias. La respuesta fue negativa de nuevo.

Que quede claro que propongo una formación a distancia de elección voluntaria para aquellas familias que prefirieran que durante unos meses sus hijos no asistan a las aulas. Esto ayudaría a descargar las clases de alumnos, disminuyendo la ratio, y por otro lado, garantizaría que el alumno tendría durante el curso una enseñanza estable online que no estaría sujeta a los vaivenes e interrupciones de posibles rebrotes y confinamientos. Una enseñanza online con criterio y profesionales especialistas puede resultar altamente efectiva. No necesariamente es una «mala educación». Nuestros jóvenes están acostumbrados a aprender online en clase y de forma espontánea. Tengo alumnos que han aprendido a hacer impresión 3D por vía telemática. Vuelvo a repetir que no es una opción para rechazar por principio. No entiendo por qué el Departament tiene como axioma la negativa a la alternativa online. Gregorio Luri, un referente nacional en educación, lanzó una propuesta similar pero «no ha sido recibida con mucho entusiasmo», como él mismo afirmaba.

Acabo ya. He hecho este escrito porque en las numerosas entrevistas que he leído no he encontrado ninguna que ponga el dedo en los asuntos anteriormente explicados. Resumiendo:

1. ¿Podrá una familia aplazar la entrada presencial de sus hijos en septiembre?

2. ¿Quedarán esas familias en el limbo educativo o se establecerá algún plan de seguimiento y evaluación con su instituto de referencia?

3. ¿Se puede reconsiderar la opción de ofrecer una formación online de elección voluntaria para el curso 2020-21?

Son unas preguntas hechas desde el sentido común y la empatía ante la situación actual. Puede que no haya una respuesta óptima pero intentar elaborar una respuesta apropiada hará que estemos en la senda correcta.

Andrés Faro Lalanne es humorista y profesor de instituto.

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