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Kelly y el final de la inocencia

Sacudida. Una generación de adolescentes se ha topado con la cara más negra de la vida. La información que fluía por sus redes iba por delante de la que podían proporcionarles padres, maestros y medios de comunicación

Josep Cruset

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Pancarta que presidió la concentración del pasado jueves en el Mercadal, sostenida por compañeras de la víctima. FOTO: fabián acidres/DT

Pancarta que presidió la concentración del pasado jueves en el Mercadal, sostenida por compañeras de la víctima. FOTO: fabián acidres/DT

Una generación de adolescentes reusenses ha chocado de bruces con lo peor del mundo al que empiezan a asomarse: el asesinato de una persona de su entorno, amiga,  compañera o conocida para muchos de ellos. Una de las experiencias más dramáticas que puede atizarte la vida. El mal visto de cerca, la realidad en su versión más espeluznante e incomprensible. 

Ese final de la inocencia lo ha sido por partida doble, al menos desde la perspectiva de uno de tantos padres y madres de alumnos a los que nos ha tocado vivir esta tragedia desde la proximidad. A los mayores, más allá de la conmoción, también nos ha servido para percatarnos de una realidad paralela impactante: nuestros hijos conocían detalles del caso mucho antes de que padres, maestros y medios de comunicación nos hubiésemos enterado de nada. El volumen de información sensible que fluía por sus redes sociales iba por delante de la que manejábamos quienes en teoría debíamos comunicársela y explicársela debidamente filtrada. Este es un escenario asumido en los temas que forman parte del universo de nuestros hijos, pero no contábamos con que también podía ser así cuando de lo que se trata es de un asesinato cuyas circunstancias iban a conmocionar a toda la ciudad y ser noticia en todo el país.

Mientras los periodistas aún especulábamos sobre edades, nacionalidades y supuestos vínculos conyugales de dos personas jóvenes fallecidas en un crimen machista y el posterior suicidio del agresor, ya corría como la pólvora entre las adolescentes que probablemente la víctima era uno de los suyos. Mientras el profesorado del Institut Salvador Vilaseca aún no había sido informado de la desgracia que se había abatido sobre el centro, la identidad y las fotos de los dos muertos ya eran visibles por las redes. Mientras los psicólogos se afanaban por ayudar a la comunidad educativa a afrontar el golpe, los alumnos ya recibían reacciones y comentarios de los amigos del presunto asesino.

Mientras las autoridades y colectivos convocaban concentraciones y minutos de silencio, los compañeros de instituto de Kelly ya se organizaban para recaudar fondos para ayudar a la familia. Mientras los alumnos recibían consejos de cómo afrontar la avalancha de cámaras y medios de comunicación, la información que fluía por sus móviles iba por delante de la que manejaban los profesionales que tenían delante. 

Recuerdo aquellos días de la infancia en que había pasado algo gordo y los pequeños intentábamos pescar alguna cosa de lo que se decía en las conversaciones de los mayores. Esta semana, una escena similar ha sucedido en muchas casas, pero al revés. Ya sabíamos que los móviles, internet y las redes sociales han configurado un nuevo arquetipo de sociedad en el que nuestros hijos se mueven con total desenvoltura porque son nativos de la misma, pero no lo habíamos experimentado en una situación tan límite.

Una de las muchas derivadas del asesinato de Kelly es constatar la enorme complejidad del trabajo de la comunidad educativa en esta era digital en que la tecnología pone al alcance de los alumnos posibilidades infinitas. Sus habilidades en este entorno van a menudo por delante de las que tienen la mayoría de sus padres y maestros, que afrontan la misión casi imposible de formarles en su uso y prevenirles sobre sus riesgos antes de que cometan errores e imprudencias que pueden costarles caros en todos los sentidos.

Sin duda es un ejemplo extremo, pero válido para poner en valor los retos que deben afrontar cada día los profesores encargados de formar a las nuevas generaciones y de gestionar este nuevo cosmos en el día a día de los centros educativos. En cualquier caso, todas estas consideraciones son secundarias ante la terrible muerte de una chica de 17 años presuntamente a manos de un joven de 19 con el que había empezado a salir, las circunstancias de todo lo cual merecen muchas otras reflexiones.

«La Kelly era una alumna educada, que lluitava per sortir-se’n. Que tenia il·lusions i projectes», ha escrito una de sus profesoras. Me permito reproducir sus palabras, porque creo que lo que casi todos sentimos no se puede expresar mejor ni con mayor conocimiento de causa: «Hem de ser capaces de donar a les nostres alumnes eines per ser fortes, per sentir-se segures. Hem de transmetre als nostres alumnes que que estimar és respectar la llibertat. Les dones no som cap possessió. Tots en som responsables. L’educació ha de ser i és, sense cap dubte, la millor eina. Kelly no defallirem. Continuem lluitant. T’ho devem».

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