Reus Munta i Baixa

Lo llamaban microurbanismo

La planificación de la ciudad. Los años de vacas flacas han derivado  en una década de transición en la política urbanística de Reus

Josep Cruset

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Josep Cruset

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Una ciudad es un compendio de actividades humanas, una de las cuales es precisamente la de construir y modelar el escenario físico en el que se desarrolla la vida de sus habitantes. Diez años atrás, esa tarea afrontaba un endiablado cambio de ciclo. Venía de un periodo de efervescencia, donde se habían materializado proyectos que comportaban profundos cambios en el día a día de la ciudadanía, con el nuevo hospital como ejemplo paradigmático. Y se encaminaba hacia el erial provocado por la gran recesión, que incluso amenazaba la conclusión de algunos de ellos, y auguraba un futuro inmediato sin mucho más sobre la mesa que facturas pendientes y noticias paralizantes sobre escándalos de presunta corrupción municipal.

El concejal de Via Pública, Hipòlit Monseny, y el alcalde, Carles Pellicer, en la presentación de la remodelación de una calle en 2018. FOTO: Alba Mariné/DT

Pocas veces una imagen ha resultado tan ilustrativa para definir un estado de cosas como el esqueleto inerte del futuro centro comercial del Parc de Sant Jordi, cuya construcción había quedado paralizada por las dificultades económicas de la empresa promotora. Como el Ayuntamiento había otorgado esos terrenos en régimen de concesión, el perjuicio no era sólo estético, sino que amenazaba la línea de flotación de las finanzas municipales porque el consistorio dependía del pago de los cánones para cumplir con los compromisos adquiridos en otros proyectos.

Obras en tiempo de recortes

La tormenta perfecta se completaba con la necesidad de recortes en todas las áreas, la reducción de las inversiones a las de mantenimiento y un escenario presupuestario presente y futuro desolador. La parábola bíblica de José el egipcio y los siete años de vacas flacas encajaba perfectamente para definir la situación a la que se enfrentaba el nuevo gobierno municipal llegado al poder en 2011, cuando Carles Pellicer (CiU) puso fin a 32 años de hegemonía socialista.

El esqueleto inerte del centro comercial del Parc de Sant Jordi simbolizó el cambio de ciclo 

Así las cosas, hizo fortuna la expresión «microurbanismo» para definir las actuaciones en materia urbanística emprendidas por el ayuntamiento haciendo de la necesidad virtud. Para unos expresaba la gestión de las estrecheces económicas materializada en pequeños proyectos que priorizaban el servicio a las personas y la atención a las necesidades cotidianas. Para otros, demostraba la falta de un proyecto de ciudad por parte de los nuevos gobernantes y la ausencia de planificación estratégica.

En cualquier caso, las fotos que solo unos años antes tenían como trasfondo la inauguración de nuevos equipamientos municipales ahora se limitaban a mejoras de aceras y pavimentos, a áreas de juegos infantiles y ejercicios al aire libre... bajo la batuta del propio Pellicer y del concejal de Via Pública, Hipòlit Monseny. Vista con la perspectiva del tiempo y de la rentabilidad política, la apuesta resultó un buen apaño. 

Con la perspectiva del tiempo y la rentabilidad política, el urbanismo ‘micro’ fue un buen apaño

El microurbanismo y su contexto ayudan a entender el panorama que los lectores han podido contemplar en las tres páginas anteriores. La superación de los años más magros de la anterior gran crisis y la posibilidad de plantearse actuaciones algo más ambiciosas permitió que el microurbanismo evolucionara hacia lo que podríamos calificar, por utilizar una expresión en boga, de política urbanística con rostro humano, que en la práctica conjuga las todavía notables limitaciones presupuestarias con las tendencias y exigencias de la sociedad actual: menos coches y más bicis, menos ruido y polución y más rutas saludables y seguras, proyectos concebidos a partir de la participación ciudadana, espacios más pensados para las mujeres...

Proyectos para los años 20

A la hora de sacar conclusiones, hay que preguntarse también si el urbanismo ha recibido la atención y la relevancia política que le corresponde, a tenor de los vaivenes  internos registrados en el departamento en estos últimos diez años y al sorprendente hecho de que Urbanisme no tenga actualmente el rango de Área dentro del organigrama municipal, sino que se trate de una concejalía adscrita al área de Empresa i Ocupació. Todo lo cual dibuja un balance más cercano al de una década de transición que al de un periodo que ha servido para implantar una nueva visión estratégica. Al menos desde la óptica de un profano.

Es significativo que hoy Urbanisme sea una concejalía adscrita a Empresa i Ocupació

En este sentido, resulta representativo que el proyecto probablemente de mayor calado de los gobiernos presididos por el alcalde Pellicer, la reordenacion de la zona norte de la ciudad, con la reforma ya en marcha del paseo de la Boca de la Mina y la futura del Passeig Mata, acabará computando en el urbanismo de los años 20, si la pandemia no lo trastoca. Igual que la peatonalización de los arrabales, si es que llega, o la reconversión del Mercat del Carrilet y su entorno con la idea de crear una nueva centralidad urbana en la zona sur, si no se queda en una entelequia.

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