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José Alarcón ‘Pichichi’: «Tengo 80 años y me faltan seis goles para llegar a los 4.000»

Buzo y pescador jubilado

| Actualizado a 18 septiembre 2022 07:43
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Acaba de cumplir ochenta años –el 11 de septiembre, «nací con la Diada», dice– y se mueve por el campo «como un chaval de cincuenta». Echa sus carreritas, dribla, se desmarca y mete goles. Muchos. Tantos, que, aunque se llama José Alarcón Rubio, todo el mundo le conoce –y le conoce mucha gente– por el sobrenombre de ‘Pichichi’ –en alusión al mítico goleador bilbaíno Rafael Moreno Aranzadi, con el que comparte apodo–. Es el nombre que luce en el dorso de su flamante camiseta del Real Madrid –club del que se declara forofo–, regalo de los compañeros del fútbol, con los que lleva jugando «unos cuarenta años», todos los lunes, miércoles y viernes. Son partidillos de siete contra siete, una cita a la que no falla nunca y a la que es el primero en llegar cada día. De hecho, se enfada cuando algún compañero hace ‘pellas’ para ver un partido de la Champions o del Nàstic. Y es que a él le gusta mucho el fútbol, «pero más jugarlo que verlo».

«Un médico me dijo que no era normal que pasara siete u ocho horas bajo agua como buzo»

Vivió y creció en Barcelona, en L’Hospitalet de Llobregat, aunque nació en Siles, en la provincia de Jaén. «Mi madre se empeñó en que naciera allí, en su pueblo, aunque ella ya vivía en L’Hospitalet», dice. Su afición por el deporte del balón le viene de muy joven, aunque nunca se planteó dedicarse a él. Llegó a coquetear con el fútbol federado cuando era juvenil, pero no pasó de ser un hobby; «tenía que trabajar», dice con resignación.

Y sí, trabajó, mucho. Primero, como buzo profesional. Él no lo sabía, pero ya entonces lo que hacía era extraordinario. Así se lo hizo saber un médico. «Un día vino un doctor a verme y me preguntó que cuántas horas pasaba bajo el agua en un día de trabajo. Le dije la verdad, que entre siete y ocho. Se quedó un poco asustado y me contestó que eso no podía ser, que no era normal. Me hicieron algunas pruebas, pero no sé en qué quedó todo aquello. Yo seguí trabajando igual».

Se casó joven, con 21 años, con una mujer con la que aún comparte su vida y con la que tuvo cuatro hijos. Con cuarenta años se vino a Cambrils, se compró una barca y se hizo pescador, una labor que también desempeñó en el barrio tarraconense del Serrallo, donde conoce a todos y donde todos le conocen, aunque vive en Bonavista. Salía a pescar con sus hijos. «Dos de ellos quisieron seguir, pero lo dejaron; el mundo de la pesca ya no es lo que era; ahora los pescadores ya no se ganan la vida», dice con cierto halo de tristeza en la mirada. De hecho, a él, que ha pasado tanto tiempo en el agua salada, el mar ya no le atrae.

«Como de todo y no me privo de nada. No hago régimen, pero tampoco cometo excesos»

Todo lo contrario que el césped del campo de fútbol. Allí es feliz. «Me encuentro perfectamente, y mientras el cuerpo aguante no pienso aflojar. Sé que si me paro ya no levantaré cabeza. Todo es que te guste una cosa, que te apasione. Porque la vida al final es eso, hacer algo que lo disfrutes».

Cuando le preguntamos por el secreto de su estado de forma, responde que «debe de ser cosa de la naturaleza», la misma que le permitía pasar ocho horas cada día bajo el agua. «A ver –confiesa–, me cuido, pero no me privo de nada. Como de todo pero con un límite. Y tomo mi cervecita con los amigos, mi vasito de vino cuando como... No hago régimen, pero tampoco excesos».

Y se va tras el balón. Da unos toques, dispara a puerta... y de repente regresa a la carrera: «No te lo he dicho, pero me faltan seis goles para llegar a los 4.000», dice al tiempo que se dirige al campo para comenzar el partido. Cuatro mil goles. Normal que le llamen ‘Pichichi’. Ya quisieran Messi o Cristiano Ronaldo...

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